Un amor no se encuentra con facilidad. Pero cuando está entre nuestras manos, lo peor que podemos hacer es dejarlo ir.
Alejandro llevaba mucho tiempo soñando con tener a María. Aquella linda mujer de tez blanca y cabello negro le cautivaba. Siempre soñaba con sus deliciosas curvas acentuadas por las ceñidas ropas que usaba. Se veía a sí mismo penetrando una vez más a aquella mujer, esa femme fatale que le robaba el sueño. Aunque ahora sólo pudiera admirarla entre hilillos de sangre y desde una silla.
Hace algunos años, Alejandro trabajaba en una tienda de artículos para baño en pleno centro histórico de la Ciudad de México. Un buen día, tuvo que hacer una entrega en cierta misteriosa casa del corredor Regina, una construcción enorme de color amarillo y de aspecto descuidado. No era la primera vez que entraba en esa casa, puesto que llevaban aproximadamente un año arreglando las tuberías. Hacía poco más de 13 meses que iba y venía desde su trabajo en Ayuntamiento hacia Regina, para transportar los pedidos.
Desde el primer día reparó en una mujer muy bella, que los ancianos que vivían en esa casa llamaban María.
La construcción ocupaba la mitad de la cuadra, y tenía varias salidas a diferentes calles, bien disimuladas en la pared. Cierto halo de misterio envolvía aquella propiedad; Situación que se veía aumentada por el hecho de que al parecer era habitada casi únicamente por "ancianos". No me refiero a que fueran personas muy entradas en edad, sino más bien que daban cierto aire de dignidad que hacía que las cabezas se doblegaran ante ellos y por lo cual aparentaban muchos más años de los que en realidad tenían; siempre portaban sendas túnicas sobre sus ropas, lo cual les revestía de un aspecto monacal muy propicio a las especulaciones. Todas las personas que vivían y trabajaban cerca de la casa hablaban pestes contra los habitantes de la llamada "gritona", Ya que de vez en cuando se oía, por las noches sobre todo, gritos ahogados que parecían mezcla de Dolor y Miedo.
Es en esta casa donde Alejandro hacía entregas casi cada semana, y donde Había conocido a esta chica, María, de una belleza rara y casi sobrehumana. El conjunto de su cuerpo no era, ni por mucho, extraordinario, si no más bien común, mas no corriente. Sin embargo, emanaba de ella como un aura de atracción a la cual nadie parecía resistir. Era la única persona que Alejandro había conocido que no desviaba la mirada ante la de los ancianos, y, parecía, se encontraba en pie de igualdad con ellos, como si compartiesen cierto oscuro secreto o autoridad. Incluso los empleados de la casa la obedecían sin chistar, igual que obedecían a Don Rogelio, quien era, visiblemente, el jefe de esa "sociedad" misteriosa.
Desde que la vió por primera vez, Alejandro sintió una fortísima atracción por esos dos profundos ojos almendrados que lo veían con tanta insistencia y, ante los cuales, no podía sino desviar los suyos. Esperando en la antesala rodeado de sirvientes siempre la veía llegar, pues era ella la que efectuaba los pagos, y siempre notaba como lo veía con seductora sonrisa.
Un buen día de noviembre, Alejandro fué a hacer el último de los envíos a la casa "gritona", y María le entrgó el último de los pagos mientras unos hombres subían al segundo piso a hacer la instalación. Por fin María despidió al mensajero sin acompañarlo a la puerta o verificar que hubiera salido, ya que a estas alturas nadie en la casa desconfiaba de él.
Sin embargo, Alejandro no salió de la "gritona", y con cauteloso paso siguió a María, con cuidado de no ser visto por nadie. Ella caminaba con cierta voluptuosidad, como coqueteando, Alejandro llegó a creer que ella sabía que era seguida por él.
Así, atravesando varios cuartos conectados, llegó a uno que se encontraba en el fondo mismo de la propiedad, con sólo una puerta que lo comunicaba con una antesala y a su vez, con un gran salón con varios curules. Siguió sigilosamente a María ocultándose tras los fastuosos tapices de vivos colores que colgaban de la pared, que recordaban los diseños medievales y muchos de los cuales ostentaban antiguos escudos de armas.
Se ocultó tras un cortinaje y observó a María cambiar sus ropas ceñidas por una túnica muy parecida a la que usaban los "ancianos" de la gritona, con la gran diferencia de que la suya no era gris, sino color púrpura y con ricos bordados de varios colores. Mientras se desnudaba, tocaba su cuerpo con tanto deseo que parecía invitar al coito, sus manos serpenteaban por sus caderas mientras la fina tela que las cubbría se deslizaba hasta el suelo. Desabotonó su brasiere con delicada maestría, y dejó ver unos deliciosos y bien torneados senos. Alejandro no podía con la excitación y su pene palpitaba dentro de su ropa con dolorosa insistencia. Finalmente, y después de lanzar furtivas miradas hacia el cortinaje donde se encontraba Alejandro, dejó caer sobre sus hombros la susodicha túnica.
Después salió del cuarto hacia la sala de los curules y tomó asiento a dos lugares del que parecía ser el lugar de honor, dejando la puerta entornada de tal modo que Alejandro podía mirar lo que tuviera lugar en la sala sin ser visto. Entonces notó que casi todos los curules habían sido ocupados en el tiempo que él estuvo contemplando la maravillosa desnudez de María. Echó también una ojeada al cuarto donde se encontrab, y desde el cual había espiado al objeto de su deseo. Miró las pantaletas tiradas en el piso y las levantó llevándolas hacia su entrepierna donde su falo estaba a punto de estallar. Ahí reparó en una silla colocada en medio del cuarto que separaba La sala de los curules de lo que parecía ser la habitción de María. La silla era de madera y estaba toda manchada de sangre. Esto lo inquietó mucho y lo hizo pensar, al mismo tiempo que lo excitó un poco más. Pero un sonido de tambores lo sacó de su meditación. Se asomó discretamente por la puerta y vió que el último de los ancianos había tomado asiento en el curul de honor, se trataba de Don Rogelio.
En ese momento comenzó una epecie de ceremonia algo rara, Los ancianos se habían puesto sus capuchas y sostenían un bastón de poco más de un codo de largo, con los cuales golpeaban el suelo cada que el "gran anciano", Rogelio, terminaba una frase dicha en algún idioma desconocido. Después dió inicio la lectura, en un idioma extraño, de lo que a todas luces parecía un acta de acusación, pues hicieron entrar a un hombre tonsurado y completamente desnudo que imploraba piedad a gritos. Después de aproximadamente una hora el anciano principal dirigió algunas preguntas al "acusado". Durante todo este Drama María miraba, disimuladamente, hacia la puerta desde la cual Alejandro espiaba la extraña escena, incluso sus ojos se habian encontrado más de una vez, y ella dejaba escapar una linda sonrisa.
Finalmente la sentencia fué dictada. Igual en un idioma ininteligible, aunque uno de los sirvientes que llevaba al acusado y lo sostenía del brazo le susurró al oído la traducción. Inmediatamente el acusado comenzó a lanzar alaridos y a rogar por su vida. El juez dijo unas cuantas palbras a María y ésta asintió con la cabeza a la vez que hacía unas señas que claramente indicaban a Alejandro que tenía que esconderse. Éste tomó su lugar detrás del cortinaje y esperó.
María entró a la habitación precedida del acusado y los sirvientes que lo sostenían, y a duras penas lograron someterlo y atarlo a la silla que antes llamara la atención de Alejandro, le colocaron una mordaza en la boca y María les hizo seña de que salieran, se apagaron las luces y Descorrió el cortinaje tras el cual Alejandro se había ocultado. Éste se encontraba trémulo y excitado, María se llevó un dedo a los labios y con una sardónica sonrisa se desnudó de golpe, y se acercó al condenado.
Tomó un artefacto muy raro, que podía pasar por un puñal pequeño o un alfiler muy grande y lo clavó en el dedo gordo del pie del Condenado, lo sacó y con cuidado lo introdujo un par de centímetros más arriba, y repitió la operación tantas veces que en menos de 30 minutos todo el cuerpo del pobre diablo estaba lleno de pequeñas y dolorosas heridas superficiales. Sus gemidos, ahogados por la mordaza, resonaban en el cuarto, y con cada herida inflingida, María parecía excitarse más y más, hasta que sus manos quedaron llenas de sangre, la cual corría por unos canalillos apenas perceptibles hacia un contenedor empotrado en el piso a guisa de coladera. Se acercó a Alejandro y lo despojó de su ropa, al tiempo que engullía su falo con un visible placer, Alejandro se sitnió transportado al séptimo cielo y se dejó caer al suelo, El condenado rodó hasta su lado y María se posó sobre él, siendo penetrada por Alejandro al tiempo que éste admiraba, ora la belleza de María, ora los sanguinolentos despojos del desgraciado.
Una vez consumado este acto de lujuria, maría se incorporó de golpe, como si nada hubiera pasado, se limpió con cuidado usando una tarja con agua que tenía ya preparada y le ordenó a Alejandro que se vistiera. Lo hizo salir por una puerta disimulada en su pared, que daba hacia la calle.
Pasaron algunas semanas, en las cuales nuestro héroe no dejó de pensar ni un momento en su querida María. En sus ratos libres salía del trabajo y se dirigía hacia la casa, y se aprendió de memoria el horario de su amada. Notó que siempre, a las cuatro en punto, salía a comer a un restaurante cercano a la "gritona", con el tiempo se acostumbró a dirigirse siempre, a la misma hora, al mismo lugar. Ella reparaba en su presencia, y le sonreía de una forma tan linda y a la vez sensual, que él se sentía cada vez más y más enamorado. Rara vez cambiaban alguna palabra, nada más que los saludos de rigor, pero las palabras eran pronunciadas de tal forma que denotaba tanto el deseo contenido como el amor no confesado.
Así transcurrieron algunos meses, en los cuales habían incluso llegado a intercambiar algunos artículos, como fotografías donde cada quien mostraba sus genitales lascivamente, o algun relato de la última ejecución que María había realizado. Esto excitaba mucho a los dos. Ninguno esperaba ser la única persona en la vida del otro, puesto que conocían, aún sin hablar mucho, lo incontenible y arrebatado de sus impulsos sexuales.
Una vez, hacia la primavera, Alejandro tomó asieno en el restaurante de siempre. Nunca ordenaba antes de ver aparecer a María por la puerta, y nunca había tenid que esperarla más de cinco minutos. Por eso, al dar las cuatro y quince, comenzó a preocuparse. Con cada paso que daba el reloj era como una cuchillada dada en su corazón, pues no sólo no podría satisfacer sus ansias de verla, sino que un macabro presentimiento le invadía el pecho.
A las cinco en punto, sin haber ordenado nada, corrió hacia la gritona, y golpeó el aldabón de la antigua puerta con tanta fuerza que los transeúntes lo tomaron por loco. En cuanto un sirviente abrió la puerta, comenzó a preguntar, a voz en cuello, por María. ¿Qué había sido de su pobre María? ¿Qué le habían hecho monstruos?
Fué tanta su furia que hicieron falta tres sirvientes para someterlo y los ancianos, que celebraban reunión en ese momento, se presentaron ante él.
En parte se sintió aliviado, por que creyó que la ausencia de María pudo ser causada por tomar parte en dicha reunión, pero cierta inconformidad le picaba el alma. Por orden del Gran anciano, el mismo que había ordenado a María matar a aquel pobre diablo, Alejandro fué presentado ante la asamblea. La silla de María estaba vacía y cubierta con un paño negro bordado en plata. ante el Gran juez, lo que parecía ser un Anciado, pero con la cabeza tonsurada y la túnica gris desgarrada. Alejandro ahogó un grito de horror cuando notó que la persona así humillada era la Misma María. ésta última le lanzó una mirada tierna y llena de lujuria, que se le clavó en el alma como una saeta.
Fué obligado a arrodillarse junto a María y ahí mismo fué tonsurado a su vez. El Juez pareció retomar la lectura de la acusación, momento que María aprovechó para hablar con Alejandro. Nunca habían cambiado más de cinco palabras por vez, y el corazón de Alejandro latió al escuchar la dulce y lánguida voz de María resonar en sus oídos. Disimuladamente deslizó al oído de Alejandro, una somera explicación, por la que pudo entender que era acusada de traición e iba a ser ejecutada, y que buscaban también a uno de sus amantes el cual sería ejecutado a su vez. Le dijo simplemente que cuando le preguntaban si era él Ramiro Fernández, contestara que no y al corroborar su versión lo dejarían ir.
Alejandro no entendía bien lo que sucedía.
Por fin, el Juez lanzó una pregunta a Alejandro. Uno de los "gendarmes" tradujo la pregunta para el acusado. ¿Eres tú Ramiro Fernández Morales?
Alejandro vaciló un momento, y contestó con voz sonora: "sí"
Nadie se sorprendió de la respuesta, pues creían haber capturado a Ramiro. Únicamente María levantó la cabeza y le gritó, desesperada, a Alejandro. Pero éste, con una sonrisa significativa, le impuso silencio y la hizo bajar la mirada. Ambos permanecieron en silencio, hasta que el Juez dictó su sentencia. Ambos serían ejecutados el mismo día, con el mismo método que María usara para con los pobres diablos que caían en su poder. En ese momento los bastones resonaron en el piso, y Alejandro notó que María tenía las manos Raspadas, como los sacerdotes cuando eran degradados de su cargo. Nunca se habían visto con tanta lujuria y pasión, y nunc tampoco con tanto cariño.
Fueron arrastrados hacia la sala contigua, donde los esperaban un par de hombres jóvenes, vestidos con tabarrabos y portando, cada uno, un artefacto-puñal-alfiler como el que usara María en sus macabras exhibiciones.
Alejandro llevaba mucho tiempo soñando con tener a María. Aquella linda mujer de tez blanca y cabello negro le cautivaba. Siempre soñaba con sus deliciosas curvas acentuadas por las ceñidas ropas que usaba. Se veía a sí mismo penetrando una vez más a aquella mujer, esa femme fatale que le robaba el sueño. Aunque ahora sólo pudiera admirarla entre hilillos de sangre y desde una silla.
Cuando El verdugo se encontraba llegando al tobillo de ambos, irrumpió en la sala el Juez, el gran anciano, Don Rogelio, seguido de sus secretarios, y llevando a un hombre atado y golpeado. María reconoció en él a Ramiro.
El juez preguntó, esta vez en español, a Alejandro si en verdad él era el acusado, Ramiro Fernández, ya que si no lo era su pena cambiaría y se verían precisados a detener la ejecución de ambos, aunque fuera mientras se esclarecía el asunto. Pero Alejandro, mirando fijamente a María contestó con voz firme.
"No, ese hombre es un impostor, juro que yo soy Ramiro Fernández, venga ese puñal"
Y esperó a desangrarse, sin lanzar más que unos cuantos gemidos de placer en medio de un delicioso orgasmo.
domingo, 7 de junio de 2009
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