domingo, 28 de junio de 2009

La influenza...

Era algo tarde.

Como siempre, había terminado mis quehaceres con cierto retraso. Muy natural en mi. Habían ya pasado algunos años desde que comencé a limpiar mi habitación.

Tomé mi saco y me probé frente al espejo mis mejores sonrisas. Igual que todos los días, el tipo que me mira desde el otro lado no dejó de burlarse de mí con sarcásticas frases, bastante hirientes. Pero este día no me importó. Ni siquiera lloré por eso; Todo pintaba para bien. Saldría con mis amigos a un lugar del centro de la ciudad, donde todos los edificios son antiguos pero conservan ese aire de novedad. Quizás por que las fachadas se encuentran pintadas en colores que yo, como daltónico, sí puedo dferenciar. Rojos del tono de la sangre, morados intensos, amarillos huevo y azules pastel.

Muchos odian esa parte de la ciudad, en especial por que está llena de gatos que no dejan de maullar en un solo momento, y siempre con sus maullidos dicen cosas que la gente decente no quiere escuchar, cosas que todos conocen pero desean ignorar.

En fin. Yo adoro esa parte de la ciudad y me dirigía allí para reunirme con mis amigos, y no sólo con ellos, si no con cierta persona especial por la que mi corazón daba giros de 180°. Esta personita especial, la había conocido hace algún tiempo en una reunión de la nobleza mexicana, a la cual acudí como Acompañante del duque de Nosepordonde. Ahí estaba él, con su capa color carmesí y su corona condal en la cabeza. Desde ese momento me enamoré perdidamente de él.

Pero volviendo al relato. Ahi estaba yo, frente al espejo, soportando las burlas de aquel que siempre se asoma a ese marco cuando lo hago yo, probándome una a una mis mejores sonrisas, que iba sacando de una caja de madera tallada, y calándome la boina cuando, en la tele que estaba encendida, escuché una noticia que me hizo sentir de lo peor.

Se había declarado estado de emergencia, debido a que cierto agente patógeno llamado Influenza porcina (sabe dios de que país era esa señora) atacaba a la ciudad, y al país en general. Las imágenes que pasaban en la tv eran aterradoras. Influenza, de color verde y apariencia viscosa, se acercaba a todo aquel que sonriera, y al tocarlo con un dedo, este perdía el color, se desmayaba y algunos incluso morían. No se sabía por qué, pero parecía que atacaba con más encono a aquellos que parecieran felices. Desafortunadamente, esta señora no podía ser eliminada por que contaba con inmmunidad diplomática.

Así, las recomendaciones de las autoridades, basadas en el patrón de comportamiento de este invasor extranjero, eran las siguientes:

  1. Lavarse las manos, ya que Influenza, al parecer de origen asiático, tenía asco a las personas mientras más limpias estuvieran. Después de todo, en china, de donde parece que vino, la gene escupe en el suelo y defeca en las calles.
  2. Evitar saludar a la gente, incluso de mano. Al parecer Influenza ataca a aquellos que son sociables y con muchos amigos, mientras más aceptada sea una persona, mas envidia despierta en Influenza.
  3. No estornudar. Segun recientes investigaciones, La señora Influenza es muy dormilona, y una de las pocas cosas que la puede despertar es el sonido de un estornudo.
  4. Y la Más importante de todas. No sonreir. La sonrisa exaspera a un grado máximo a la Influenza, y hace que ataque sin previo aviso y de forma más terrible.
Además de la recomendación de no usar las sonrisas en público, las autoridades proponían el uso de máscaras para evitar mostrar la boca.

Así, a menos ke quisiéramos ser vulnerables al ataque de este agente extranjero patógeno destructor de hogares, teníamos que evitar mostrar nuestras sonrisas.

Me dispuse a salir. Pero desoí las indicaciones de la autoridad, y me puse la sonrisa más sincera que pude encontrar, aunque la cubrí con un tapaboca por si me encontraba con la señora influenza en el metro.

Escondiendo mi sonrisa, me dispuse a alcanzar a mis amigos. En aquella gran oruga de color naranja, llamada metro, que nos transporta volando de un lugar a otro de la ciudad, pude advertir un aire de terrible frialdad. Grandes damas encopetadas con muecas de disgusto, Duques que portaban sus insignias y en la cara una amargura tremenda. Pajes, por lo general felices, que ahora evitaban entablar conversación. Y todas las personas, al encontrar a sus amigos, no se saludaban más que a tres pasos de distancia, sin un beso, sin un abrazo, y en el mejor de los casos, esocndiendo, como yo, su sonrisa detrás de una máscara de color azul.


Me sentí como un extraño. Por costumbre esperaba encontrar, igual que siempre, gente parlanchina, gritando, empujándose, riendo. No este aire de velorio que se respiraba en toda la ciudad.

En los transbordes, donde pasamos de una a otra oruga, la gente evitaba mirarse a la cara. En parte esto estaba bien, ya que así evitábaos el ataque de tan terrible señora, que viajaba junto a casa uno de nosotros a la vez esperando que le diéramos entrada tocando a alguien o sonriendo de más.

Y aún con todo, había algunos cuantos animalejos que no dejaban de gritar, que la influenza era sólo una invención, igual que los reyes magos o la democracia, que todo había sido planeado por el gobierno, y chillidos por el esilo que no hacían más que confundir a las personas. Claro, ellos no creían ya que las ratas no son atacadas por la señora influenza.

Esta situación era desesperante, por que no había forma de saber si bajo la máscara o e cubrebocas había una sonrisa de empatía o una mueca de desdén. Y eso me estresaba, puedo comunicarme sin hablar pero no sin sonreir.

Después de las peores 36 horas de mi vida, llegué de ecatepec hasta esta zona tan colorida del centro de la capital, aún unos minutos antes de que mis amigos llegaran.
Nunca han sido puntuales, y si algo informales, pero aún aśi los quiero mucho.

Me senté en el andén y comencé a garabatear algunas poesías, cuando escuché que gritaban mi nombre. Alcé la cabeza y ahí estaba. Aquella persona a la que tanto quería yo, con la cara cubierta por un trozo de tela azul, al igual que todos los que nos acompañaban.


Inmediatamente me abalancé sobre mis amigos para besarlos en la mejilla y abrazarlos, y con un gesto bastante brusco me rechazaron, señalando discretamente a una encopetada, verde y viscosa dama tocada la cabeza con una pamela de muy mal gusto aunque muy cara. La señora influenza no nos apartaba la vista de encima, amenazándonos con un gesto bastante sigfnificativo y trastabillando algunas palabras en mandarín.

Levanté mi mano y la agité con resignación, y cambié un par de palabras con ellos. Jesus, con su vistoso traje de paje, lucía extrañamente bien; Ramiro, Marqués de Nosedonde, igual que siempre, lucía un tocado tan extraño que hacía voltear a todomundo. Llevaban con ellos a un muchacho que me fué presentado como el Señor de Cualquierlugar, Mauricio, muy guapo por cierto.

Sin embargo, entre todos ellos, sólo tenía ojos para Adolfo, Conde de Saltapatrás. Lucía hermosísimo, como si aparte de su corona condal, brillara en su cabeza un halo de misticismo y divinidad que me invitaba a no separar mis ojos de él.

Estúpidamente agité un poco mi sonrisa, que se mantenía estática bajo mi cubreboca, como si estuviera a la vista de todos. Pero nadie lo notó puesto que aquel trozo de tela se interponía entre yo y la cortesía. Así, no tuve más remedio que conformarme con mirar los divinos ojos de Saltapatrás, mientras sus carnosos labios, que alguna vez fueron míos, se escondían ajo aquél trozo de horrible tela azul.

En un ambiente pesado y denso, nos dirigimos hacia el área pinta de la ciudad, la parte del centro que ya antes había descrito. Influenza (perdón que prescinda del título de señora pero a estas alturas es ya una íntima amiga mía) no despegaba la vista de nosotros, pendiente de que no nos tocáramos, no riéramos, y sobre todo que no mostráramos las sonrisas. A mi me miraba con mayor recelo, puesto que mi enorme sonrisa se notaba aún con el cubreboca, delatándome mis ojos contraídos y mis pómulos exageradamente alzados.

Caminamos por las calles del área pinta al principio muy temerosos de ser asaltados por Influenza, sin embargo, poco a poco, y a despecho de la encopetada señora, fuimos soltando bromas y risitas ahogadas. Yo, como siempre, era el más escandaloso de todos, varias veces en mi finca de Quedamuylejos, donde soy barón, los vecinos se han molestado de mis estruendosas carcajadas que han llegado a romper hermosos vitrales. Así, influenza se puso abiertamente en mi contra, sigueindome siempre a apenas dos pasos de distancia y sin quitar los ojos de mí.

Personalmente me divertía el hecho de ser seguido por ella, aunque muchos se sentían intimidados ante su presencia. Disfrutaba de la plática de mis amigos, de ver los edificios multicolor cerrando en cuanto veían llegar a la señora que me seguía cual sombra, a los gatos que no dejaban de maullar y decir algunas cosas hirientes para muchos, divrtidas para los demás. Pero sobretodo, feliz de ir a tan poca distancia de mi amado Adolfo de Saltapatrás, aunque ese horrendo trozo de tela azul me separara de sus carnosos y besables labios.

A lo largo de la Caminata, noté que Ramiro de Nosedonde estaba enamorado del Amigo que recién me habían presentado, el señor Mauricio de Cualquierlugar. Sin embargo, al mismo tiempo, noté que el señor de Cualquierlugar no dejaba de mirar a mi queridísimo Adolfo. Eso me puso un poco triste, ya que por muy razonable que pueda ser un hombre, el demonio de los celos no deja de atacarlo. Este acontecimiento hizo estremecerse de alegría a Influenza, ya que es bien sabido de todos que lo único que la hace feliz y la mantiene tranquila es la miseria, el dolor y el aburrimiento.

Jesus, hijo del Duque de Estáporáhi, iba feliz deleitándose con los vericuetos que daba esta jornada. Finalmente, después de mucho caminar, llegamos a un pequeño parque donde nos sentamos a hacer un pseudo día de campo, ya que no pudimos entrar a ningún restaurante decente a comer. Justo ahí, Cualquierlugar entabló una plática con mi amado Adolfo Saltapatrás, y al notarlo, tanto yo como Ramiro de Nosedonde fuimos atacados por un acceso de celos. Jesus e Influenza se deleitaban con este espectáculo, y aprovechó el primero de que la señora estaba muy entretenida viéndome sufrir y procurando quitar la sonrisa de mi boca que ya casi se caía, para alejar del Grupo a Adolfo y Mauricio.

Procuré ignorar este hecho, pero por dentro me destrozaban los celos. Proseguí con la plática, pues los modales han de mantenerse ante todo, y rechacé un poco brusco a un gato pordiosero que no paraba de maullar tonterías acerca de lo mucho que me dolía ver a Adolfo con Cualquierlugar.

Yo me encontraba hablando acerca de mi último asalto a espada, que había ganadoatravesándole el pecho al Barón de Muchaspiedras, cuando noté que Ramiro y jesus miraban insistente y a la vez discretamente hacia donde se encontraban mi amado y el amigo nuevo. Con disimulo, tratando de que la señora influenza no se despertase, pues había caído dormida junto a nosotros, volteé sólo para encontrar la escena más dolorosa que jamás haya visto. Mauricio de Cualquierlugar y Adolfo de Saltapatrás, se estaban besando tomados de las manos, y cerrando los ojos. Pude escuchar el estruendo que hizo mi corazón al romperse, y mi sonrisa vaciló en su lugar a punto de caerse. El gato pordiosero que no paraba de maullar, se retorció ronroneando, como satisfecho, y el tipo del espejo comenzó a burlarse de mi desde el pequeño espejito de bolsillo que guardaba en mi saco.

Influenza se despertó y al notarlo, rápidamente se volvieron a cubrir la boca, Cualquierlugar tenía una mueca de indiferencia muy marcada, Pero Saltapatrás, mi querido Adolfo, al mirar hacia mí, dejó ver una linda sonrisa dibujada en sus carnosos labios carmesí. Inmediatamente, al ver que Influenza se tallaba los ojos la cubrió con el cubreboca de nueva cuenta.

Dentro de lo miserable que me pude sentir de ver a esos dos besándose, la alegría que me dio el ver esa sonrisa dirigida a mi, me hizo ponerme de muy buen humor.

Caminamos de regreso, todos muy serios, aunque en Jesus se notaba una mirada de inequívoca satisfacción.

Llegamos al metro, justo donde nos separábamos, y nos despedimos todos, de ejos, ya que la escrutadora mirada de Influenza no se apartaba de nosotros en general y de mi en específico. Sin embargo, una idea surgió en mi mente, esperé a que Influenza se volteara y se distrajese con alguien más que no con migo, sin embargo eso nunca ocurrió, y me desanimé un poco. Finalmente cuando la enorme y anaranjada oruga donde Adolfo subiría para regresar a su finc de Saltapatrás se detuvo, me atreví, aún siendo observado por Influenza, a arrancarme el cubreboca dejando estupefactos a los demás, puesto que una sonrisa muy sincera, aunque mal colocada en mi rostro, se balanceaba por mis labios en dirección a Adolfo. Aquí, arrancarme la sonrisa para arrojarla hacia Adolfo, ofreciéndola como regalo, y ser tocado en la nariz por Influenza, fué una sola cosa.

Y desde entonces estoy aquí, convalenciendo en mi finca de Quedamuylejos, con vómitos, fiebre y un dolor de cabeza que nunca había sntido uno igual. Sin embargo me encontraba satisfecho, Adolfo Saltapatrás, a quien idolatro a pesar de ser de todos menos mío, había recibido, y aceptado de mis manos, mi más sincera y linda sonrisa para conservarla por siempre.

martes, 23 de junio de 2009

El Funeral

Mariana se encontraba en un estado muy agitado. Después de todo, el tener la casa llena de tanta gente siempre estresa a cualquiera, y más aún cuando todos están llorando desconsoladamente.

La noche anterior, la madre de Mariana, Alejandra, murió en un accidente doméstico: a medianoche se levantó de su cama, y aún soñolienta, y quizás algo ebria, resbaló golpeándose la cabeza y dejando los sesos embarrados por el piso de la sala.


La casa entera se consternó, la criada, Mercedes, lloró como un auténtica Magdalena, para cualquier persona que no supiera algo acerca de la situación doméstica hubiera pensado que Mercedes no odiaba a la patrona. Alexa, la hija mayor, gritó y se desmayó, pues nunca fué tan fuerte como Su padre o como Mariana misma. Cuando Andrés, el señor de la casa llegó a la casa, encontró un cuadro francamente patético, tanto que, si no hubiera llegado con más de una copa encima, seguro lo habría hecho llorar. Mercedes se mesaba los cabellos frente al cuerpo de su "amadísima" patrona. Alexa se había desmayado junto al cadáver y el charco de sangre había llegado a mojarle la cara. Mientras, Mariana, trazaba figuritas con la sangre de su madre embarrándola en el suelo con los dedos; una sonrisa tétrica crispaba sus labios.

Ahora, durante el funeral, Mariana se paseaba entre los asistentes, portando uno de sus vestidos más hermosos. Guardaba en su vestimenta un estricto luto, pero en su cara podía adivinarse cierta expresión de tranquilo fastidio que pudo haberse tomado por insolencia si no fuera ella la hija de la difunta.


Después de rezar unos cuantos rosarios y haber tenido que pasar la humillación de ver llorar a su padre y su hermana, se aburrió y salió a pasear por el jardín, jugando con una varita entre los dedos como acostumbraba hacer. Para sus 17 años era una niña bastante infantil. Su frente amplia, denotaba una inteligencia enorme, sus ojos amplios y hermosos a veces adoptaban una expresión tan maligna que hacía retroceder a su mismo padre, y a veces tan tierna que nadie podía negarse a acceder a sus deseos. Sus espesas y bien delineadas cejas hacían perfecta armonía con sus labios gruesos y su sedoso cabello color azabache. Era una mujercita hermosa, aunque algo tétrica, en la escuela la llamaban Creepy mary, en referencia a cierto personaje de una serie de televisión muy vista por los muchachos.

Ella se encontraba sentada en una banca de piedra en su jardín, cuando vió llegar a un muchacho que tenía una cajetilla de cigarrillos en la mano y un encendedor en la otra. Desde que lo vió no pudo apartar su mirada de él. El muchacho en cuestión se llamaba Eduardo, era alto, bien parecido y algo ausente del mundo que lo rodeaba, emanaba de su ropa un delicioso aroma, mezcla de ralph laurent y marihuana. A todas luces un muchacho muy sano. Las profundas ojeras que marcaban sus ojos cafés denotaban que era amante de las parrandas, como lo reafirmaba la pequeña anforilla llena de una deliciosa y muy fina mezcla de tequila ron y whiskey que sobresalía del bolsillo de su saco.

El muchacho fué presentado ante nuestra heroína como Eduardo, su primo político, al cual nunca en la vida había visto. Inmediatamente quedó prendada de él y de su belleza. Siguió a Eduardo a todas partes y lo veía con unos ojos tan seductores que era imposible mantenerse al margen.

Después de haber intercambiado las frases de rigor, Mariana comenzó a coquetearle de una forma tan atrevida que Eduardo, todo un experto en las artes amatorias, se sintió sobrepasado. Así, alrededor de las ocho de la noche, subieron ambos al cuarto de ella sin que nadie lo notara, hasta unos minutos después que desde la sala se oían los desgarradores y penetrantes gritos de dolor que daba Mariana. Seguro la muerte de su madre le había afectado mucho.

Finalmente bajaron, cada quien por su lado, pretextando miles de cosas para ocultar su pequeño pecado, y algunos litros de perfume para ocultar el aroma del amor.

Al fin se llevó a cabo el entierro, en un cementerio cercano a Tultitlán, bajo una copiosa lluvia. Mientras Mercedes, Andrés y Alexa lloraban a moco tendido frente a la recién tapada tumba de Alejandra Mariana volteaba al cielo y sonreía sintendo caer sobre su carra las gordas gotas de lluvia. Era uno de sus más grandes placeres, sentir el frío y el agua respalar por su piel.

Después de haber estado un par de horas frente a la tumba de su madre, Mariana volvió la vista par buscar a Eduardo, y descubrió con horror que se había ido.

Hábilmente preguntó por el a sus familiares para evitar levantar sospechas, y se enteró de que iba a estar poco tiempo en la ciudad.

Durante algunos días Mariana se la pasó en cama, apenas y probó alimento y durmió aún menos de lo que normalmente acostumbraba. A nadie se le hzo raro, ya que además de nunca prestarle atención a la pobre Mariana, cualquier aleteración en su conducta, si es que alguien la notaba, podrían achacarla a la muerte de su Madre.

Las ojeras habían dejado profundas marcas en su rostro, y su cabello había perdido su extravagante brillo. Sus tersas mejillas lucían igual de pálidas que siempre, pero más hundidas. El recuerdo de su amado Eduardo, aquel delicioso incesto, rondaba su cabeza día y noche y no conseguía apartarla.

Hasta que diez días después del entierro de Alejandra, Mariana tuvo un sueño. ¿Qué es lo que soñó? No sabríamos decirlo, pero seguro fué algo sublime y hermoso, ya que operó un cambio radical en ella. Sus ojos recuperaron el brillo y su semblante se cubrió de cierto halo de belleza y macabra alegría que la hizo parecer aún más hermosa que antes, con todo y sus mejillas hundidas.

Aquella noche se encerró en su cuarto, con un frasco de clonazepam que pertenecía a Alexa, medicina que le habían recetado para que pudiera conciliar el sueño, y justo a las dos de la mañana, se drigió al cuarto de su hermana, que ya había caído profundamente dormida. Vació todo el contenido del frasco en el vaso de jugo que se encontraba sobre el buró de su hermana. Y salió con sumo cuidado.

Una vez afuera corrió a la cocina, y tiró todos los platos que había en la barra, inmeiatamente toda la casa se despertó y bajaron corriendo, cuando vieron a Mariana entre la vajilla rota. Andrés apenas se do cuenta de lo ocurrido por que, como siempre, estaba algo borracho, y Alexa, como siempre, rompió a llorar.

Mariana pidió disculpas y se regresó a su cuarto. Todos en la casa Volvieron a sus camas y Mariana no durmió hasta que escuchó que su hermana ponía de nuevo el vaso de jugo sobre su buró.

Dos días después Mariana se encontraba nuevamente atormentada, y estuvo a punto de llorar. Frente a la Tumba de su hermana, que, a los ojos de todos, se habá suicidado con una sobredosis de Clonazepam, Mariana miraba hacia el suelo, con el corazón oprimido, y unas ojeras aún más profundas que antes. Sus manos temblaban y se clavaba las uñas en los antebrazos hasta hacerse sangre. Constantemente volteaba hacia todos lados, y su mirada estaba tan desencajada que todos creían que perdería la razón de un momento a otro. Cuando por fin echaron la última paletada de tierra sobre el féretro de su hermana, un profundo sollozo salió de su pecho y dió la media vuelta, solo para que sus ojos se encontraran con los de Eduardo. En ese instante toda su tristeza se disipó por completo, sus ojosbrillaron y adoptaron ese mismo aire coqueto y voluptuoso de siempre.

Su plan había sido todo un éxito, el asesinato de su hermana la pudo reunir de nuevo con su amado Eduardo.

miércoles, 17 de junio de 2009

Usted perdone Don Estereotipo, usted perdone.

Hace un par de días, vi un capítulo de la serie de dibujos animados "Mucha lucha" donde se refleja el estereotipo del mexicano aficionado al circo de mal gusto que la gnte gusta en llamar "lucha libre". La mayoría porta máscaras de lucha libre y todos estudian para ser los mejores luchadores. Una caricatura de bastante mal gusto.

Después vi un capítulo de la serie "drawn together" o "la casa de los dibujos", en la cual dos personajes ganaban un viaje a México. Al llegar aquí se encontraban con calles sucias en las cuales conseguían los favores de una prostituta, a la cual mataban. Por la muerte de la que era "la mujer más hermosa de méxico" la policía (que porcierto lelgó montada en un burro) les exigió cierta suma de dinero para no llevarlos a la cárcel. Todas las personas que mostraban en dicho capítulo eran alcohólicos, andrajosos, gustaban de las peleas de gallos y las corridas de toros y padecían algún grado de obesidad. Así como disfrutaban de ver programas de humor físico, absurdo y vulgar. Y ya no hablemos de lo mucho que criticaban los gustos musicales de nuestro pueblo, así como su agresividad en especial durante lo que he dado en llamar "episodios etílicos postfutboleros".

Independientemente de que me desternillé de la risa, sentí cierto malestar, puesto que el estereotipo del macho mexicano, incivilizado y huevón se ha extendido demasiado y es bastante ofensivo; así que decidí escribir algo al respecto, a guisa de queja. Sin embargo, mientras en mi cabeza maduraba la idea de mi "queja" encendí la televisión, y miré las noticias.

Me enteré que somos el país más inseguro en el cual no haya guerra civil. Después pasaron a la sección de "deportes" en la cual se enorgullecían de nuestro equipo nacional de football que ha perdido contra los más insignificantes equipos sudamericanos, luego hablaron de la terrible cornada que sufrió cierto torero en el ruedo. Sí, un animal horrendo y agresivo, que no merece la vida que se le ha otorgado, vestido en un traje de luces y matando a un noble e inocente toro es noticia en nuestro país. Luego, vi como hablaban de los triunfos de ciertos luchadores en la arena México. Luego regresaron a la sección de noticias, y vi cómo los reporteros se quejaban de que las autoridades no limpiaran las calles y las coladeras de toda la basura que la gente arrojaba (y que nadie debería limpiar puesto que no debió ser arrojada en primer lugar). También escuché que México ocupa el segundo lugar en cuanto a obesidad se refiere, solo después de la Unión americana, así como que somos los principales consumidores de bebidas carbonatadas.

Después tomé el control remoto y le cambié. Vi cierto programa algo estúpido en el cual tenían a un patiño que no era capaz de articular una sola frase gramaticalmente cohesiva. En la noche miré cierto programa de cómicos en la cual el humor se basaba en dos cosas, a saber: la comedia física (golpes) y los albures (que más que juego de palabras eran vulgares manifestaciones de ignorancia).

Luego salí a la calle y me encontré aun amigo mío, cuyo nombre no diré para conservar el anonimato de Antonio García, que se supone debería estar trabajando. Al preguntarle la razón por la cual no se había presentado, respondió que "le dio hueva".

Ya casi al finalizar la tarde, un amigo mío al que llamaremos Al doe, me llamó por teléfono, invitándome a ir a una fiesta cercana a nuestra casa donde tendríamos suficiente alcohol para morir de un coma etílico. Este amigo, Al Doe, mínimo cada tercer día, llega a su casa (cuando llega) tambaleándose y con vómito en la camisa.

En casa la luz se fué, ya que una feria se instaló a las afueras de mi domicilio y se roba la luz directamente de los cables, para poder poner a todo volumen la lindura de canción de "la chupavergas" o "caminando y meando" . Piezas clave para entender la historia musical mundial (sarcasmo sarcasmo). Después, cuando volvió la luz, vi el "box azteca" en el cual los participantes no usan protección en la cara, y a cada gota de sangre la gente aplaude mucho más.

Después de lo cual, un primo mío, que estaba de visita, me platicó sus hazañas, tan grandiosas y nobles que merecen ser narradas en verso por algún Homero. Me contó como, con sus amigos de la monumental, golpeó y dejó inconsiente a dos miembros de la "rebel" así como la vez que le reventó la cara con un tubo a cierto chacal que se atrevió a decirle "marica", el cual tuvo que pasar un par de semanas en el hospital.

Finalmente, escuché a mi madre consolar a su vecina de los golpes que su marido le propinaba. Todo por que la señora no había terminado sus quehaceres antes de que su marido regresara del trabajo, después de dos horas de extyenuante trabajo tras los cuales se largó a embrutecer con mezcal, no en una cantina, sino en una banqueta de la cual, en calidad de bulto, lo levantaron un par de policías que conducían una patrulla tan vieja que daba tristeza, a los que, por cierto, tuvo que dar el equivalente de una semana de trabajo para no ser llevado a la delegación.

Después de haber observado todas estas cosas, y de haber reflexionado acerca del estereotipo del Mexicano aficionado a la lucha, el box, la mala música, agresivo, Machista, alcohólico, y demás, llegué a la conclusión de que, por mas ofensivo que parezca, no tenemos el derecho de enojarnos por algo que no es más que la verdad, quizás no la verdad de todos pero si de la gran mayoría.

Sólo me resta pedir disculpas por mi ataque de patriotismo, espero no volverá a suceder. Usted perdone Don Estereotipo, no era mi intención.

miércoles, 10 de junio de 2009

mis versos son...

Yo escribo mis versos
y con sus alas vuelan
hacia otros confines
y muy lejanas tierras.

Buscando soles hermosos
donde hacer resplandecer sus alas
y posarse en nidos fogosos
donde darle reposo al alma.

¿Qué sol más luminoso que tus ojos?
a donde envío mis versos tristes,
que se refugian en el nido de tus labios
esperando, ansiosos, que los recites.

Poema Lascivo.

Te recuerdo yo solo.
Solo, con la palma de mi mano,
mi mano, vacía de tu cuerpo,
que no te ha tocado en años.

Sólo en mi habitación,
muy de noche, en la madrugada
te recuerdo con mi mano
que sigue de ti enamorada.

¿Por que no recordarte con otro?
Por que lo más cercano
a ti, soy yo mismo,
por que sólo yo te he tocado.

Por que sólo mi mano
se ha posado en tus muslos,
como ahora en los míos
con trémulo pulso.

Por que sólo yo recuerdo
como engullías mi cuerpo,
cada poro, cada músculo,
cada vena, cada hueso.

Por que nadie sabe
mejor que yo mismo
las figuras que trazabas
con tus dedos finos.

Por que sólo yo conozco
los colores que tu usabas
para pintar con tus manos
mis carnes enamoradas.

Todo ese saber, todos los secretos
se guardan en mi mano.
En mi palma y en mis dedos
descubro la forma de tus labios.

Y se me va la noche recordando
cada caricia, cada beso,
cada contacto con mi falo.
Aunque te haya suplido mi mano
me falta tu aliento espeso.

Sustituyo el calor que
dejaba en mis ingles
tu rítmica respiración
con los goces solitarios
de la autosatisfacción.

¡Que vacío! pero necesario
sólo con mi mano poder recordar
aquellas noches de octubre
que nos dedicábamos a amar.

Por: Juan Ulises Gazapo Juárez.

domingo, 7 de junio de 2009

un cuento bizarro...

Un amor no se encuentra con facilidad. Pero cuando está entre nuestras manos, lo peor que podemos hacer es dejarlo ir.

Alejandro llevaba mucho tiempo soñando con tener a María. Aquella linda mujer de tez blanca y cabello negro le cautivaba. Siempre soñaba con sus deliciosas curvas acentuadas por las ceñidas ropas que usaba. Se veía a sí mismo penetrando una vez más a aquella mujer, esa femme fatale que le robaba el sueño. Aunque ahora sólo pudiera admirarla entre hilillos de sangre y desde una silla.

Hace algunos años, Alejandro trabajaba en una tienda de artículos para baño en pleno centro histórico de la Ciudad de México. Un buen día, tuvo que hacer una entrega en cierta misteriosa casa del corredor Regina, una construcción enorme de color amarillo y de aspecto descuidado. No era la primera vez que entraba en esa casa, puesto que llevaban aproximadamente un año arreglando las tuberías. Hacía poco más de 13 meses que iba y venía desde su trabajo en Ayuntamiento hacia Regina, para transportar los pedidos.

Desde el primer día reparó en una mujer muy bella, que los ancianos que vivían en esa casa llamaban María.

La construcción ocupaba la mitad de la cuadra, y tenía varias salidas a diferentes calles, bien disimuladas en la pared. Cierto halo de misterio envolvía aquella propiedad; Situación que se veía aumentada por el hecho de que al parecer era habitada casi únicamente por "ancianos". No me refiero a que fueran personas muy entradas en edad, sino más bien que daban cierto aire de dignidad que hacía que las cabezas se doblegaran ante ellos y por lo cual aparentaban muchos más años de los que en realidad tenían; siempre portaban sendas túnicas sobre sus ropas, lo cual les revestía de un aspecto monacal muy propicio a las especulaciones. Todas las personas que vivían y trabajaban cerca de la casa hablaban pestes contra los habitantes de la llamada "gritona", Ya que de vez en cuando se oía, por las noches sobre todo, gritos ahogados que parecían mezcla de Dolor y Miedo.

Es en esta casa donde Alejandro hacía entregas casi cada semana, y donde Había conocido a esta chica, María, de una belleza rara y casi sobrehumana. El conjunto de su cuerpo no era, ni por mucho, extraordinario, si no más bien común, mas no corriente. Sin embargo, emanaba de ella como un aura de atracción a la cual nadie parecía resistir. Era la única persona que Alejandro había conocido que no desviaba la mirada ante la de los ancianos, y, parecía, se encontraba en pie de igualdad con ellos, como si compartiesen cierto oscuro secreto o autoridad. Incluso los empleados de la casa la obedecían sin chistar, igual que obedecían a Don Rogelio, quien era, visiblemente, el jefe de esa "sociedad" misteriosa.

Desde que la vió por primera vez, Alejandro sintió una fortísima atracción por esos dos profundos ojos almendrados que lo veían con tanta insistencia y, ante los cuales, no podía sino desviar los suyos. Esperando en la antesala rodeado de sirvientes siempre la veía llegar, pues era ella la que efectuaba los pagos, y siempre notaba como lo veía con seductora sonrisa.

Un buen día de noviembre, Alejandro fué a hacer el último de los envíos a la casa "gritona", y María le entrgó el último de los pagos mientras unos hombres subían al segundo piso a hacer la instalación. Por fin María despidió al mensajero sin acompañarlo a la puerta o verificar que hubiera salido, ya que a estas alturas nadie en la casa desconfiaba de él.

Sin embargo, Alejandro no salió de la "gritona", y con cauteloso paso siguió a María, con cuidado de no ser visto por nadie. Ella caminaba con cierta voluptuosidad, como coqueteando, Alejandro llegó a creer que ella sabía que era seguida por él.

Así, atravesando varios cuartos conectados, llegó a uno que se encontraba en el fondo mismo de la propiedad, con sólo una puerta que lo comunicaba con una antesala y a su vez, con un gran salón con varios curules. Siguió sigilosamente a María ocultándose tras los fastuosos tapices de vivos colores que colgaban de la pared, que recordaban los diseños medievales y muchos de los cuales ostentaban antiguos escudos de armas.


Se ocultó tras un cortinaje y observó a María cambiar sus ropas ceñidas por una túnica muy parecida a la que usaban los "ancianos" de la gritona, con la gran diferencia de que la suya no era gris, sino color púrpura y con ricos bordados de varios colores. Mientras se desnudaba, tocaba su cuerpo con tanto deseo que parecía invitar al coito, sus manos serpenteaban por sus caderas mientras la fina tela que las cubbría se deslizaba hasta el suelo. Desabotonó su brasiere con delicada maestría, y dejó ver unos deliciosos y bien torneados senos. Alejandro no podía con la excitación y su pene palpitaba dentro de su ropa con dolorosa insistencia. Finalmente, y después de lanzar furtivas miradas hacia el cortinaje donde se encontraba Alejandro, dejó caer sobre sus hombros la susodicha túnica.

Después salió del cuarto hacia la sala de los curules y tomó asiento a dos lugares del que parecía ser el lugar de honor, dejando la puerta entornada de tal modo que Alejandro podía mirar lo que tuviera lugar en la sala sin ser visto. Entonces notó que casi todos los curules habían sido ocupados en el tiempo que él estuvo contemplando la maravillosa desnudez de María. Echó también una ojeada al cuarto donde se encontrab, y desde el cual había espiado al objeto de su deseo. Miró las pantaletas tiradas en el piso y las levantó llevándolas hacia su entrepierna donde su falo estaba a punto de estallar. Ahí reparó en una silla colocada en medio del cuarto que separaba La sala de los curules de lo que parecía ser la habitción de María. La silla era de madera y estaba toda manchada de sangre. Esto lo inquietó mucho y lo hizo pensar, al mismo tiempo que lo excitó un poco más. Pero un sonido de tambores lo sacó de su meditación. Se asomó discretamente por la puerta y vió que el último de los ancianos había tomado asiento en el curul de honor, se trataba de Don Rogelio.

En ese momento comenzó una epecie de ceremonia algo rara, Los ancianos se habían puesto sus capuchas y sostenían un bastón de poco más de un codo de largo, con los cuales golpeaban el suelo cada que el "gran anciano", Rogelio, terminaba una frase dicha en algún idioma desconocido. Después dió inicio la lectura, en un idioma extraño, de lo que a todas luces parecía un acta de acusación, pues hicieron entrar a un hombre tonsurado y completamente desnudo que imploraba piedad a gritos. Después de aproximadamente una hora el anciano principal dirigió algunas preguntas al "acusado". Durante todo este Drama María miraba, disimuladamente, hacia la puerta desde la cual Alejandro espiaba la extraña escena, incluso sus ojos se habian encontrado más de una vez, y ella dejaba escapar una linda sonrisa.

Finalmente la sentencia fué dictada. Igual en un idioma ininteligible, aunque uno de los sirvientes que llevaba al acusado y lo sostenía del brazo le susurró al oído la traducción. Inmediatamente el acusado comenzó a lanzar alaridos y a rogar por su vida. El juez dijo unas cuantas palbras a María y ésta asintió con la cabeza a la vez que hacía unas señas que claramente indicaban a Alejandro que tenía que esconderse. Éste tomó su lugar detrás del cortinaje y esperó.

María entró a la habitación precedida del acusado y los sirvientes que lo sostenían, y a duras penas lograron someterlo y atarlo a la silla que antes llamara la atención de Alejandro, le colocaron una mordaza en la boca y María les hizo seña de que salieran, se apagaron las luces y Descorrió el cortinaje tras el cual Alejandro se había ocultado. Éste se encontraba trémulo y excitado, María se llevó un dedo a los labios y con una sardónica sonrisa se desnudó de golpe, y se acercó al condenado.

Tomó un artefacto muy raro, que podía pasar por un puñal pequeño o un alfiler muy grande y lo clavó en el dedo gordo del pie del Condenado, lo sacó y con cuidado lo introdujo un par de centímetros más arriba, y repitió la operación tantas veces que en menos de 30 minutos todo el cuerpo del pobre diablo estaba lleno de pequeñas y dolorosas heridas superficiales. Sus gemidos, ahogados por la mordaza, resonaban en el cuarto, y con cada herida inflingida, María parecía excitarse más y más, hasta que sus manos quedaron llenas de sangre, la cual corría por unos canalillos apenas perceptibles hacia un contenedor empotrado en el piso a guisa de coladera. Se acercó a Alejandro y lo despojó de su ropa, al tiempo que engullía su falo con un visible placer, Alejandro se sitnió transportado al séptimo cielo y se dejó caer al suelo, El condenado rodó hasta su lado y María se posó sobre él, siendo penetrada por Alejandro al tiempo que éste admiraba, ora la belleza de María, ora los sanguinolentos despojos del desgraciado.

Una vez consumado este acto de lujuria, maría se incorporó de golpe, como si nada hubiera pasado, se limpió con cuidado usando una tarja con agua que tenía ya preparada y le ordenó a Alejandro que se vistiera. Lo hizo salir por una puerta disimulada en su pared, que daba hacia la calle.

Pasaron algunas semanas, en las cuales nuestro héroe no dejó de pensar ni un momento en su querida María. En sus ratos libres salía del trabajo y se dirigía hacia la casa, y se aprendió de memoria el horario de su amada. Notó que siempre, a las cuatro en punto, salía a comer a un restaurante cercano a la "gritona", con el tiempo se acostumbró a dirigirse siempre, a la misma hora, al mismo lugar. Ella reparaba en su presencia, y le sonreía de una forma tan linda y a la vez sensual, que él se sentía cada vez más y más enamorado. Rara vez cambiaban alguna palabra, nada más que los saludos de rigor, pero las palabras eran pronunciadas de tal forma que denotaba tanto el deseo contenido como el amor no confesado.

Así transcurrieron algunos meses, en los cuales habían incluso llegado a intercambiar algunos artículos, como fotografías donde cada quien mostraba sus genitales lascivamente, o algun relato de la última ejecución que María había realizado. Esto excitaba mucho a los dos. Ninguno esperaba ser la única persona en la vida del otro, puesto que conocían, aún sin hablar mucho, lo incontenible y arrebatado de sus impulsos sexuales.

Una vez, hacia la primavera, Alejandro tomó asieno en el restaurante de siempre. Nunca ordenaba antes de ver aparecer a María por la puerta, y nunca había tenid que esperarla más de cinco minutos. Por eso, al dar las cuatro y quince, comenzó a preocuparse. Con cada paso que daba el reloj era como una cuchillada dada en su corazón, pues no sólo no podría satisfacer sus ansias de verla, sino que un macabro presentimiento le invadía el pecho.

A las cinco en punto, sin haber ordenado nada, corrió hacia la gritona, y golpeó el aldabón de la antigua puerta con tanta fuerza que los transeúntes lo tomaron por loco. En cuanto un sirviente abrió la puerta, comenzó a preguntar, a voz en cuello, por María. ¿Qué había sido de su pobre María? ¿Qué le habían hecho monstruos?

Fué tanta su furia que hicieron falta tres sirvientes para someterlo y los ancianos, que celebraban reunión en ese momento, se presentaron ante él.

En parte se sintió aliviado, por que creyó que la ausencia de María pudo ser causada por tomar parte en dicha reunión, pero cierta inconformidad le picaba el alma. Por orden del Gran anciano, el mismo que había ordenado a María matar a aquel pobre diablo, Alejandro fué presentado ante la asamblea. La silla de María estaba vacía y cubierta con un paño negro bordado en plata. ante el Gran juez, lo que parecía ser un Anciado, pero con la cabeza tonsurada y la túnica gris desgarrada. Alejandro ahogó un grito de horror cuando notó que la persona así humillada era la Misma María. ésta última le lanzó una mirada tierna y llena de lujuria, que se le clavó en el alma como una saeta.

Fué obligado a arrodillarse junto a María y ahí mismo fué tonsurado a su vez. El Juez pareció retomar la lectura de la acusación, momento que María aprovechó para hablar con Alejandro. Nunca habían cambiado más de cinco palabras por vez, y el corazón de Alejandro latió al escuchar la dulce y lánguida voz de María resonar en sus oídos. Disimuladamente deslizó al oído de Alejandro, una somera explicación, por la que pudo entender que era acusada de traición e iba a ser ejecutada, y que buscaban también a uno de sus amantes el cual sería ejecutado a su vez. Le dijo simplemente que cuando le preguntaban si era él Ramiro Fernández, contestara que no y al corroborar su versión lo dejarían ir.

Alejandro no entendía bien lo que sucedía.

Por fin, el Juez lanzó una pregunta a Alejandro. Uno de los "gendarmes" tradujo la pregunta para el acusado. ¿Eres tú Ramiro Fernández Morales?

Alejandro vaciló un momento, y contestó con voz sonora: "sí"

Nadie se sorprendió de la respuesta, pues creían haber capturado a Ramiro. Únicamente María levantó la cabeza y le gritó, desesperada, a Alejandro. Pero éste, con una sonrisa significativa, le impuso silencio y la hizo bajar la mirada. Ambos permanecieron en silencio, hasta que el Juez dictó su sentencia. Ambos serían ejecutados el mismo día, con el mismo método que María usara para con los pobres diablos que caían en su poder. En ese momento los bastones resonaron en el piso, y Alejandro notó que María tenía las manos Raspadas, como los sacerdotes cuando eran degradados de su cargo. Nunca se habían visto con tanta lujuria y pasión, y nunc tampoco con tanto cariño.

Fueron arrastrados hacia la sala contigua, donde los esperaban un par de hombres jóvenes, vestidos con tabarrabos y portando, cada uno, un artefacto-puñal-alfiler como el que usara María en sus macabras exhibiciones.

Alejandro llevaba mucho tiempo soñando con tener a María. Aquella linda mujer de tez blanca y cabello negro le cautivaba. Siempre soñaba con sus deliciosas curvas acentuadas por las ceñidas ropas que usaba. Se veía a sí mismo penetrando una vez más a aquella mujer, esa femme fatale que le robaba el sueño. Aunque ahora sólo pudiera admirarla entre hilillos de sangre y desde una silla.

Cuando El verdugo se encontraba llegando al tobillo de ambos, irrumpió en la sala el Juez, el gran anciano, Don Rogelio, seguido de sus secretarios, y llevando a un hombre atado y golpeado. María reconoció en él a Ramiro.

El juez preguntó, esta vez en español, a Alejandro si en verdad él era el acusado, Ramiro Fernández, ya que si no lo era su pena cambiaría y se verían precisados a detener la ejecución de ambos, aunque fuera mientras se esclarecía el asunto. Pero Alejandro, mirando fijamente a María contestó con voz firme.

"No, ese hombre es un impostor, juro que yo soy Ramiro Fernández, venga ese puñal"

Y esperó a desangrarse, sin lanzar más que unos cuantos gemidos de placer en medio de un delicioso orgasmo.

sábado, 6 de junio de 2009

La carne es débil...

Ese día fué muy pesado, Oswaldo había estado muy ocupado y a estas alturas se encontraba muy cansado y hambriento; desde la mañana no había probado alimento, no es que le hiciera mucha falta, de cualquier manera acostumbra vomitar todo lo que come.

¡Dios! que pesado, ayudar en la misa, repartir hostias (y esta vez no en una riña), después llegar a casa a cambiar los pañales de su hermano (que tiene 19 años) y levantar las jeringas usadas del piso de la habitación de sus padres.


Después de algunas horas de lavar y restregar el piso, y con la ropa oliendo al vómito de su madre embarazada, salió a una fiesta que organizaba una de sus amigas.

La ocasión de la fiesta era el cumpleaños de su inseparable amigo Alfredo, que cumplía 17 años ante la sociedad y 20 ante la ley, una fiesta sorpresa que organizaban para deleitarlo.

La velada pasó entre algunos tragos, juegos infantiles, bailes sugestivos y decoraciones a base de condones y otras cosas obscenas. Era hasta cierto punto bueno ver como la familia permitía que los amigos de Alfredo, a pesar de ser todos homosexuales, conviviesen con los primos pequeños, pero de haber sabido la cantidad de gérmenes patógenos que anidaban en sus áreas genitales seguro los hubieran corrido, y si si supiesen la mitad de las cosas que hacen en sus fiestas y reuniones llamarían a la policía.

Una vez que habían hecho algunas demostraciones de su sexualidad frente a la familia de Alfredo, muchos de cuyos miembros, entre los que afortunadamente no se encontraban los anfitriones, eran extremadamente conservadores, Oswaldo anunció, trastabillando, que debía retirarse a su casa debido a que su primo había sido ingresado, por enésima vez al CERESO, y no habría quien le ayudara a alimentar a su hermano y deshacer los desmadres de sus papás.

Por uno de esos sentimientos tan nobles y puros que surgen del cariño hacia las personas y el pesar que nos ocasionan sus desgracias, decidieron cambiar la sede de la fiesta lo más cerca posible de la casa de Oswaldo, el hecho de que no pudieran consumir piedra, marihuana, tachas y demás estupefacientes frente a la familia de Alfredo, sin contar el hecho de no poder fornicar, poco o nada tenía que ver con la filantrópica decisión que acababan de tomar de forma unánime.

Así que decidieron trasladarse, a altas horas de la noche, a una de las zonas más peligrosas de la delegación Iztapalapa, a la casa de un Jotillo que había sido invitado a la fiesta, llamado, o mejor dicho apodado Dalila, un homosexual semidepravado, semi fracasado, semi humano que tenía casi 50 años, pero que rara vez fornicaba con alguien mayor a 15 y nunca con nadie mayor a 20.

Ahí se instalaron y se dispusieron a destruir unas cuantas de los miles de millones de neuronas que aún conservaban. Eran tantas que, por mucho que vivieran 100 años, la vida no les alcanzaría para destruirlas todas. Esto afligía a muchos de ellos.

Una vez en casa de "Dalila", Oswaldo olvidó el compromiso que lo ataba para llegar a su casa, después de todo vivía tan cerca de ahí que no valía la pena apresurarse...

Así, con tres botellas de refresco de tres litros y más de cinco litros de mezcal, se dispusieron a pasar el resto de la noche mientras acompañaban su borrachera con los efectos de una que otra droga. Todos excepto Oswaldo.

Si este relato hubiera tenido lugar hace un año o dos, hubieramos descubierto a un Oswaldo totalmente diferente. Con sus ojos sempiternamente enrojecidos, prostituyéndose en alguna esquina para comprar un churro de mota o una línea de cocaína, y quizás hasta asaltando a algún incauto transeúnte a plena luz del día. Pero ahora era una persona de bien, no sólo había regresado a la escuela, si no que el dinero que ganaba asaltando y vendiéndose ya no lo usaba en drogas, sino en alcohol, y a veces hasta para pagar sus útiles escolares. En definitiva la religión había obrado maravillas en ese ser que cualquiera pudo tomar por un junkie sin remedio.

Así, a pesar de que las ansias lo carcomían, tenía que soportar no probar droga alguna, no echaría a perder todo el esfuerzo que había hecho por una simple peda, así que encendió el enésimo cigarrillo de la noche e intentró matar las ansias de drogas ilegales con algunas drogas legales. Sin embargo ocurrió un suceso, insignificante en apariencia, que dio al traste con su esfuerzo y sus ya casi dos semanas de mantenerse limpio de droga.

Aproximadamente a las tres de la mañana, su primo, Esteban, entró con Dalila, antiguo conocido de la familia de Oswaldo, a fumar un poco de marihuana, tal como Oswaldo le enseñase cuando él casi salía de la primaria. Oswaldo sintió cómo el demonio de la culpa mordía su corazón taquicárdico. Él le había enseñado a su primo a fumar marihuana mientras los otros chicos de su edad aún jugaban a las atrapadas, y todo por que la droga, vicio tan recurrente en su familia, había embrutecido sus neuronas desde su más tierna infancia, ya que en más de una ocasión su madre, adicta a la heroina, le había dado un poco de tequila en su biberón para que se mantuviera quieto mientras hacía un intercambio de parejas en la casa de una sola habitación que compartía con sus cuatro hijos. Bastante open mind la señora.

Así, Oswaldo trató de hacer desistir a Esteban de su intento de destruirse con un discurso tan estudiado y sentimental que rayaba en lo patético. Entre invocaciones al supremo y misericordioso Dios omnipotente, que tantas muertes y desgracias ocasionó según la biblia, y apelaciones a los lazos familiares que los unían, Oswaldo trató de convencer a Esteban de dejar las drogas, tal como él había decidido hace casi un año, y que había logrado a partir de casi una semana.

Sin embargo, Esteban se sumía más y más en el etéreo viaje de la mota, y contestaba a las palabras de su primo con sonoras carcajadas, que a veces parecían significar "no te entiendo" y otras "no me estés chingando", frase que por lo demás pronunciaba cada determinado tiempo.

La angustia y la culpa de Oswaldo crecían conforme la conciencia de su primo se desvanecía entre las bocanadas de marihuana. Dalila ya se había encerrado en su habitación con uno de los muchachos que habían asistido, el cual estaba tan ebrio y drogado que no fué sino hasta el día siguiente que notó que había sido ultrajado por alguien que le triplicaba la edad. Otros de los muchachos se habían encerrado en la zotehuela a "empiedrarse" y estaban más que perdidos, y por fin uno más se encontraba encerrado en el baño vomitando como gárgola de Catedral en día lluvioso. En la Sala solo quedaban Oswaldo, su primo y un amigo que hacía ya mucho tiempo había sido knockeado por el humo de esa bendita hierba.

De repente Esteban cayó en un sueño profundo y al parecer feliz, sosteniendo aún en la mano medio churro de marihuana. Sólo Oswaldo quedaba en pie, y su conciencia no dejaba de atormentarlo; así que se levantó y tomóel churro de marihuana de casi ocho centímetros de largo con la disposición de arrojarlo por la ventana hasta donde su mano se lo permitiera, pero al llegar a la ventana, 5 minutos después, sólo quedaba poco más de siete milimetros del churro que le quitara a su primo. Inmediatamente comenzó a reírse y sus ojos se pusieron aún más rojos. Una extraña palidez subrió su cara y se dejó caer en el sillón, riéndose a pesar de que la culpa lo mataba, lo mataba como cada vez que, a escondidas, se metía unaa dosis de alguna droga por las noches para levantarse aldía siguiente a marcar en el calendario, hipócritamente, que había cumplido un día más de mantenerse "limpio". Pero no importa, eran pequeños deslices sin importancia, las ansias puede más que uno, el espíritu está pronto pero la carne es débil...

Había tantos pretextos para justificarse ante si mismo. Pero ninguno mejor como el hecho de que nadie se diera cuenta de lo que acababa de hacer. Después de todo, es cierto; la carne es débil, pero no nos hagamos pendejos, el espíritu lo es mucho más.

por: Juan Ulises

un beso nada más

Bésame con el beso de tu boca,
cariñosa mitad del alma mía:
un solo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos... me mataría.

¡Un beso nada más! Ya su perfume
en mi alma derramándose la embriaga
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.

¡Júntese con la tuya! Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos...
¡Pronto... dame tus labios! ¡Tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!
Hay un cielo, mujer en tus abrazos,
siento de dicha el corazón opreso...
¡Oh! ¡Sosténme en la vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso!

por: Juan Ulises, original de Manuel maría Flores.