Mariana se encontraba en un estado muy agitado. Después de todo, el tener la casa llena de tanta gente siempre estresa a cualquiera, y más aún cuando todos están llorando desconsoladamente.
La noche anterior, la madre de Mariana, Alejandra, murió en un accidente doméstico: a medianoche se levantó de su cama, y aún soñolienta, y quizás algo ebria, resbaló golpeándose la cabeza y dejando los sesos embarrados por el piso de la sala.
La casa entera se consternó, la criada, Mercedes, lloró como un auténtica Magdalena, para cualquier persona que no supiera algo acerca de la situación doméstica hubiera pensado que Mercedes no odiaba a la patrona. Alexa, la hija mayor, gritó y se desmayó, pues nunca fué tan fuerte como Su padre o como Mariana misma. Cuando Andrés, el señor de la casa llegó a la casa, encontró un cuadro francamente patético, tanto que, si no hubiera llegado con más de una copa encima, seguro lo habría hecho llorar. Mercedes se mesaba los cabellos frente al cuerpo de su "amadísima" patrona. Alexa se había desmayado junto al cadáver y el charco de sangre había llegado a mojarle la cara. Mientras, Mariana, trazaba figuritas con la sangre de su madre embarrándola en el suelo con los dedos; una sonrisa tétrica crispaba sus labios.
Ahora, durante el funeral, Mariana se paseaba entre los asistentes, portando uno de sus vestidos más hermosos. Guardaba en su vestimenta un estricto luto, pero en su cara podía adivinarse cierta expresión de tranquilo fastidio que pudo haberse tomado por insolencia si no fuera ella la hija de la difunta.
Después de rezar unos cuantos rosarios y haber tenido que pasar la humillación de ver llorar a su padre y su hermana, se aburrió y salió a pasear por el jardín, jugando con una varita entre los dedos como acostumbraba hacer. Para sus 17 años era una niña bastante infantil. Su frente amplia, denotaba una inteligencia enorme, sus ojos amplios y hermosos a veces adoptaban una expresión tan maligna que hacía retroceder a su mismo padre, y a veces tan tierna que nadie podía negarse a acceder a sus deseos. Sus espesas y bien delineadas cejas hacían perfecta armonía con sus labios gruesos y su sedoso cabello color azabache. Era una mujercita hermosa, aunque algo tétrica, en la escuela la llamaban Creepy mary, en referencia a cierto personaje de una serie de televisión muy vista por los muchachos.
Ella se encontraba sentada en una banca de piedra en su jardín, cuando vió llegar a un muchacho que tenía una cajetilla de cigarrillos en la mano y un encendedor en la otra. Desde que lo vió no pudo apartar su mirada de él. El muchacho en cuestión se llamaba Eduardo, era alto, bien parecido y algo ausente del mundo que lo rodeaba, emanaba de su ropa un delicioso aroma, mezcla de ralph laurent y marihuana. A todas luces un muchacho muy sano. Las profundas ojeras que marcaban sus ojos cafés denotaban que era amante de las parrandas, como lo reafirmaba la pequeña anforilla llena de una deliciosa y muy fina mezcla de tequila ron y whiskey que sobresalía del bolsillo de su saco.
El muchacho fué presentado ante nuestra heroína como Eduardo, su primo político, al cual nunca en la vida había visto. Inmediatamente quedó prendada de él y de su belleza. Siguió a Eduardo a todas partes y lo veía con unos ojos tan seductores que era imposible mantenerse al margen.
Después de haber intercambiado las frases de rigor, Mariana comenzó a coquetearle de una forma tan atrevida que Eduardo, todo un experto en las artes amatorias, se sintió sobrepasado. Así, alrededor de las ocho de la noche, subieron ambos al cuarto de ella sin que nadie lo notara, hasta unos minutos después que desde la sala se oían los desgarradores y penetrantes gritos de dolor que daba Mariana. Seguro la muerte de su madre le había afectado mucho.
Finalmente bajaron, cada quien por su lado, pretextando miles de cosas para ocultar su pequeño pecado, y algunos litros de perfume para ocultar el aroma del amor.
Al fin se llevó a cabo el entierro, en un cementerio cercano a Tultitlán, bajo una copiosa lluvia. Mientras Mercedes, Andrés y Alexa lloraban a moco tendido frente a la recién tapada tumba de Alejandra Mariana volteaba al cielo y sonreía sintendo caer sobre su carra las gordas gotas de lluvia. Era uno de sus más grandes placeres, sentir el frío y el agua respalar por su piel.
Después de haber estado un par de horas frente a la tumba de su madre, Mariana volvió la vista par buscar a Eduardo, y descubrió con horror que se había ido.
Hábilmente preguntó por el a sus familiares para evitar levantar sospechas, y se enteró de que iba a estar poco tiempo en la ciudad.
Durante algunos días Mariana se la pasó en cama, apenas y probó alimento y durmió aún menos de lo que normalmente acostumbraba. A nadie se le hzo raro, ya que además de nunca prestarle atención a la pobre Mariana, cualquier aleteración en su conducta, si es que alguien la notaba, podrían achacarla a la muerte de su Madre.
Las ojeras habían dejado profundas marcas en su rostro, y su cabello había perdido su extravagante brillo. Sus tersas mejillas lucían igual de pálidas que siempre, pero más hundidas. El recuerdo de su amado Eduardo, aquel delicioso incesto, rondaba su cabeza día y noche y no conseguía apartarla.
Hasta que diez días después del entierro de Alejandra, Mariana tuvo un sueño. ¿Qué es lo que soñó? No sabríamos decirlo, pero seguro fué algo sublime y hermoso, ya que operó un cambio radical en ella. Sus ojos recuperaron el brillo y su semblante se cubrió de cierto halo de belleza y macabra alegría que la hizo parecer aún más hermosa que antes, con todo y sus mejillas hundidas.
Aquella noche se encerró en su cuarto, con un frasco de clonazepam que pertenecía a Alexa, medicina que le habían recetado para que pudiera conciliar el sueño, y justo a las dos de la mañana, se drigió al cuarto de su hermana, que ya había caído profundamente dormida. Vació todo el contenido del frasco en el vaso de jugo que se encontraba sobre el buró de su hermana. Y salió con sumo cuidado.
Una vez afuera corrió a la cocina, y tiró todos los platos que había en la barra, inmeiatamente toda la casa se despertó y bajaron corriendo, cuando vieron a Mariana entre la vajilla rota. Andrés apenas se do cuenta de lo ocurrido por que, como siempre, estaba algo borracho, y Alexa, como siempre, rompió a llorar.
Mariana pidió disculpas y se regresó a su cuarto. Todos en la casa Volvieron a sus camas y Mariana no durmió hasta que escuchó que su hermana ponía de nuevo el vaso de jugo sobre su buró.
Dos días después Mariana se encontraba nuevamente atormentada, y estuvo a punto de llorar. Frente a la Tumba de su hermana, que, a los ojos de todos, se habá suicidado con una sobredosis de Clonazepam, Mariana miraba hacia el suelo, con el corazón oprimido, y unas ojeras aún más profundas que antes. Sus manos temblaban y se clavaba las uñas en los antebrazos hasta hacerse sangre. Constantemente volteaba hacia todos lados, y su mirada estaba tan desencajada que todos creían que perdería la razón de un momento a otro. Cuando por fin echaron la última paletada de tierra sobre el féretro de su hermana, un profundo sollozo salió de su pecho y dió la media vuelta, solo para que sus ojos se encontraran con los de Eduardo. En ese instante toda su tristeza se disipó por completo, sus ojosbrillaron y adoptaron ese mismo aire coqueto y voluptuoso de siempre.
Su plan había sido todo un éxito, el asesinato de su hermana la pudo reunir de nuevo con su amado Eduardo.
martes, 23 de junio de 2009
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