martes, 21 de abril de 2009

La Macorina

inspirado en la célebre canción del mismo nombre.

Si, aquí, sobre el vientre. ¿Ves como snagra? Tranquila, es sólo un balazo, y epseremos no será el último como no fué tampoco el primero. ¡Chingá! como duele. ¡Quema horriblemente! ¡no no no! ¡Ah! no sueltes, que si no me desangro. Ja ja ja, seguro que ahora no te importaría tal cosa, pero vamos, algo de humanidad debe quedar en ti.

No no. perdón, no llores, o me harás llorar a mi también. No quise reprocharte nada. ¡Ah puta madre! ¡Cómo duele!

Wow. ¿Que dices que pasó después del tiroteo? Ja ja ja. Bol ade cobardes. Si uno se embarca en algo como esto es para morirse en la raya o para lograr su objetivo. y mira, el maricón era Eduardo, y fué el primero que puso el pecho para recibir las balas y el último en correr.

Si, si, noté que corrían como ratas, por eso nunca logramos nada. Siempre con miedo, siempre huyendo. "no quiero perder mi empleo" "¿quién le pagará la escuela a mis hijos?"

Que no mamen. ¿Para que tner un trabajo o a los hijos en escuela privada si a cambio tenemos que lamerle el culo a esos corruptos hijos de puta?

Ah, ¡Quema! carajo.

Tu sabes que nunca me he considerado alguien grande, o digno de ser recordado. Pero al menos tuve los huevos de abandonar lo que más quise en el mundo, justamente para no perderlo.

¡ah! ¿Que haces? si, ya vi que esta escurriendo la sangre. Cambia la compresa, si quieres razga mi camisa.

Ay no será la primera vez que me veas el torso desnudo, no seas mamona.

¿cómo que por que te hablo así? Suficiente tengo con que me hayan rellenado el vientre de plomo como para que aparte me vengas con reproches inútiles y estúpidos. ¡Carajo! ¡más respeto a mis heridas por favor!

No, no no, por favor, no llores, sabes que si lloras yo también voy a llorar.

¡Ah! ¿Que yo no lloro? ¿Tú que vas a saber lo que son las lágrimas reales si las tiras por cualquier pendejada? ¿Crees que nunca derramé una sola en toda mi vida? ¡Ojalá así fuera, macorina! ojalá así fuera.

Pues si mi macorina, si. También los hombres como yo lloramos; pero no por cualquier pendejada. Lloramos de verdad sólo lo hacemos por un dolor verdadero.

¡Ah! Tu me has visto soportar los balazos, plomo y goma, y nunca lloré por eso. Incluso vi a mis padres ser asesinados por un asaltante y no tiré una sola lágrima.

¡Puta madre! ¡Ah! duele.

Pero esa vez que vi a un maldito soldado violar a esa niña, allá en la sierra de guerrero, lloré peor que una magdalena.

¿Sabes lo que es matar a alguien con tus propias manos, macorina? ¿no? Ese día asesiné a ese jodido soldado; le hundí un cuchillo en la nuca, hasta el mango, y ya nunca más se levantó. La niña estaba muerta, tenía un balazo en el vientre, como yo ahora, solo que a ella la mató inmediatamente.

Esa vez lloré, macorina, lloré...

Y no ha sido la única.

Lloré cuando me alejé de ti. ¡Si, tal! ¡De ti! No busco que me creas, solo quiero decirlo.

Esa vez que... ¡Ah! mi estómago ¡Quema! ¿Sigue sangrando? Jodidos paramédicos, también tienen miedo de pararse aquí ¿Verdad? y no los culpo, es entendible después de todo...

¿Recuerdas cómo íbamos siempre a las manifestaciones? ¿Y cómo te convencí de estar aquí en el movimiento? Ja ja ja. Horas de estar sentado en la puerta de tu casa tarareando la internacional, y de vez en cuando una que otra cancioncilla cursi.

¡Qué buenos tiempos! ¿No? Siempre besándonos y hablando de política, cambiando el país. Eran tiempos lindos.

Pero esa jodida manifestación frente a palacio de gobierno, el día que nos tiraron los balazos y se tronaron al pepillo. Ese día de veras sufrí.

Aparte de la muerte de Pepillo, y el balazo que me dieron, fu'un día terrible.

Recuerdo estar corriendo como desaforado con la pancarta en las manos atrás de ti, hasta que oí las detonaciones y las balas silbando junto a mi cabeza. Luego, vi como tu blusa se manchaba de sangre, mi sangre, aunque en ese momento ni siquiera me di cuenta, no sentí ni el balazo.

Creí que te habían herido, y te cargué en vilo para ocultarnos en casa del memo.

Ahí te ganaste tu apodo de macorina, ¿Recuerdas? Ponme la mano aquí macorina, ponme la mano aquí que me desangro si me sueltas. Como ahora.

Ahí fué cuando me di cuenta que no debería haberte enredado en esto. Imagina lo que hubiera pasado si te dieran el balazo a ti, si hubieras muerto. Yo no lo hubiera soportado.

¡Ah! Dios ¡Dios!, duele mucho...

Sabes, creo que de esta no me paro, jajaja, fué el último balazo que recibo.

Si, si, si, no trates de consolarme. Estas cosas se sienten, y siento que ya me llegó la hora. Vamos, no es tan malo, logramos algunos cuantos avances y el movimiento seguirá con, sin o a pesar de mi.

Pues no debería, a tí debería importarte el movimiento. Pensar en otras personas solo duele, mírame a mi. Cuanto he sufrido por alejarme de ti.

¿Creíste que lo hacía por machista o por infiel? No, solo fué por que no quería ver llegar el día en que tuviera que ser yo quien curara tus balazos. Te alejé del movimiento, al que yo te había arrastrado, por que te amo, macorina. Mi conejita amada. Lo hice pensando en ti; diario pienso en ti.

Ya no siento el vientre. Vamos, sueltalo ya. Mejor toma mis manos. Le doy gracias a Dios por dejarme morir contigo, por darme chance de regalarte mi último aliento.

Bésame, macorina, dame un beso, pero antes prométeme dos cosas:

Una, que el movimiento seguirá y lo apoyarás como yo. Si así, Gracias.

Y Dos, que nunca olvidarás... que te amo... y... que tu... eres mi todo... que todo... todo... lo hice... por ti... que eres mi ... vida... macorina... promete que nunca... olvidarás... que te amo...

Ponme la mano... aquí... macorina... ponme la.... mano... aquí... pon...me la... mano... a... quí... ma...cori...na... ponme... la ... ma... no ... a... quí...

Gabriel Gutiérrez, alias el "Gabo", conocido agitador, murió víctima de un balazo en el vientre, la verisón oficial dice que el disparo salió del arma de uno de sus compañeros. Su cuerpo fué encontrado en una esquina, una mujer identificada como "La macorina" lo estaba cuidando.

Alejandra Valdez, "la macorina" fué arrestada acusada de portación ilegal de armas, pero fué puesta en libertad tras ser declarada inocente en un juicio de seis meses de duración. Posteriormente su cuerpo fué hallado en la plaza de las tres culturas, al parecer murió víctima de un golpe en la cabeza.

Ambos yacen juntos en el panteón "jardines del recuerdo" en dos tumbas contiguas.

Requiescat in pace


Por: Juan Ulises Gazapo Júarez

tlatelolco

¿Recuerdas tu la magia que sentías
cuando buscabas mi mano en el teatro?
¿o la alegría que le diste a mi vida
cuando íbamos por tlatelolco andando?

Yo vi a los árboles inclinándose
a tus pies, solo para que pasaras.
También vi a la iglesia doblegándose
a tu sola sonrisa, pura y casta.

El sol iluminaba la gran plaza
de la iglesia y el juego de pelota.
Tus ojos ardían cual par de brasas
y un ave se posó en tu boca.

Hacías piruetas sobre la barda;
te seguía yo un par de pasos atrás.
Hacías como si no pasara nada
y en secreto te comencé a abrazar.

Con furtivas caricias que ocultábamos
a los ojos de nuestros compañeros,
bajo ese sol de octubre celebrábamos
que el amor nos hacía sus prisioneros.

Pero ya se fueron aquellos días
y parece que ya no volverán.
Ya solo me queda el dulce recuerdo
de aquella tarde que te empecé a amar.

Por: Juan Ulises.

domingo, 12 de abril de 2009

Me veo

Sentada en la sala, frente a 32 pulgadas de LCD, dejabas tu vida ahi. Morias de ancia cuando el metro se paraba por horas entre Tlatelolco y la Raza por que no sabrias que el pasaria a la pobre y desprotejida Josefina que sufria por aque Carlos, el era lo que tu querias un hombre guapo, rico y muscoloso, y tu te veias tanto en ella, eras como ella, viviendo de historias de anaquel de tienda de Ecatepec.

martes, 7 de abril de 2009

Hoy el cielo no fue tan gris como siempre, esta vez el sol salio y no emano calor, esta vez llegue tarde a casa y todo paso igual, pero nada importa. De entre todas las desgracias y una oscura escalera que no va a ningún lugar, hay en lo que pareciera ser el fin un pequeño farolito, una luz que me conduce a un lugar que esta vez no es la muerte.

¿Será la salvación?¿ o mas tarde será como siempre una tremenda desilusión u horas de llanto?
Tengo demasiadas dudas, la experiencia y el pasado me atormentan.

El miedo se apodera de mi al pensar que se vive de la mentira.

Cronopio Tranvia

lunes, 6 de abril de 2009

Deseos contrarios

Deseo de Angélica Velázquez Sandoval, alias Gelis, estudiante de la ibero, hija del presidente de una importante empresa transnacional:

"Quisiera saber lo que se siente ser una prostituta.

Digo, nunca me ha faltado el dinero ni nada por el estilo, siempre tuve a mi alcance todo lo que mi papi pudo darme que, por lo general, era siempre lo que yo quería.

Un carro, un depa, joyas, ropa bonita. Ustedes saben ¿no?.

Pero es que siempre quise saber lo que se siente ser una prostituta. Imagínense: Ser deseada por los hombres, tanto que te pongan un precio, y poder ser nada, ser menos que la ropa que traes puesta, quisiera ser una prostituta. Quisiera que mi cliente pudiera verme a la cara y decirme que soy una vil ramera, un asco, que me tratara como la basura que soy. Y no que siempre mis amigas y amigos me anden tratando cono si fuera la quinta maravilla y en cuanto me dé la vuelta me claven un puñal en la espalda. Quiero sentir el frío hierro del desprecio, aunque sea una sola vez, hiriéndome de frente. Quiero mirarme en el espejo y ocultarme la cara con todo el maquillaje que se pueda para que no vean quien soy en realidad. Ponerme pestañas postizas, peluca rosa, rimel barato, labial, gloss, rubor, y así dejar de ser yo y ser alguien más, me odio tanto.

Quiero que la gente me repudie en lugar de fingir que me quieren, o en lugar de que me quieran de verdad, por que debo admitir que aún hay gente que me aprecia, a final de cuentas no todos me conocen tal como soy. Siempre he sido recatada, linda, pero si conocieran la mitad de lo que se esconde dentro de mi pecho seguro todos me despreciarían tanto como yo misma me desprecio. Quiero que me miren con el mismo asco con que yo me miro al espejo para saber que no estoy volviéndome loca, para saber que en realidad soy tan horrenda como yo misma me percibo; quiero saber que aunque una lacra viviente conservo aún la razón.

Quisiera ser una prostituta".






Deseo de Alejandra Carvajal Jurado, alias la pinoles, prostituta hija de un obrero mexiquense:


"Desde que tengo memoria siempre sufrí maltrato. Raro es el día en que no soy golpeada. Muchas de mis compañeras están tan acostumbradas que se sienten raras cuando no sucede. Pero yo no soy como ellas.

Siempre quise ser una hija de familia bien. No con dinero, pero si con amor. Sé que suena cursi pero ... bueno.

Es solo que me gustaría saber lo que se siente oír palabras bonitas aunque no las merezca. Digo, siempre somos insultadas, tratadas como basura por los clientes. y me gustaría saber que se siente ser tratada como una dama. jajaja.

Creo que debrayo mucho, pero de veras me gustaría saber que es escuchar palabras bonitas. Digo, siempre me veo al espejo y me choca ponerme maquillaje. Quisiera poder salir a trabajar en algun trabajo decente y llevar la cara limpia y levantar la mirada, poder mirar a los ojos a la gente sin bajar la mirada. Oir que soy linda sin maquillarme, o escuchar q mi pelo es sedoso y lindo. No ponerme más una peluca. Y les digo, no es por el dinero o por no querer trabajar. Sólo quiero saber que esa mujer q se mira en los espejos de los hoteles es tan hermosa como yo la veo. Todos me repudian, menos yo misma, me quiero y sé que puedo dar más de mí. Sólo quiero que la gente me vea y diga que soy linda, que soy intelignete, simpática, por que sé que lo soy. Quiero saber que aunque todo mundo me maltrate aún conservo mi razón y que la mujer q se asoma a mirarme en el espejo en las mañanas puede ser para los demás tan hermosa y genial como lo es para mi.

Quisiera ser una dama de sociedad".


Por J U G J

domingo, 5 de abril de 2009

reir llorando


Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...»
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
—¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?
—Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
—Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho... mucho...

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?
—Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?
—¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.



Juan de Dios Peza



Publicado por: JUGJ

Apoyemos al Tricolor

Vamos chicos. Todo aquel que se llame Mexicano debe amar el football.

Yo por ejemplo, me enojo mucho cada que veo q algún deporte de segunda como tenis o esgrima se cuelan en la televisión, por favor. ¿A quien le importa ver a unos jotitos pegándole a una pelota con una raqueta? ¿O ver un par de tontos vestidos de blanco tocándose con una espada?

Eso no es deporte. Pocos son los deportes verdaderos, el football, el box y la lucha libre. Eso si es deporte de verdad.

Se preguntarán por que lo digo. bueno, el deporte es una forma inteligente de canalizar la agresividad; y ¿que hay más inteligente que dos tipos peleando hasta hacer perder la conciencia al otro? ¿que más inteligente que cuauthemoc blanco cuando falla un penal y golpea al portero por pararlo? ¿que más inteligente que un par de personas fingiendo golpearse con sillas mientras los niños les gritan "mátense" desde sus asientos en la arena méxico?

Veamos nuestros programas de deportes, gracias a dios son lo suficientemente centrados como para darle su lugar a cada deporte, poniendo siempre al principio al football. Siempre la biografía de algún futbolista, un boxeador o un director técnico ocupan la mitad del programa. Que chinguen a su madre los medallistas olímpicos, los ganadores de panamericanos, el esgrima el tenis el golf son de riquillos. Escuchemos lo que dicen las televisoras. La selección azteca, todos queremos q gane el tricolor. Claro.

Olvidemos nuestros problemas, no pidamos cuentas acerca del nepotismo en zacatecas, no preguntemos como van las investigaciones de los bombazos en zona rosa, no pregunten como va el caso del sádico mata-gays, no lean, no estudien. siéntense un rato y miren perder al tricolor. Por que además de todo, es un equipo tan mediocre que ni siquiera nos puede distraer y genera más hostilidad.

La división del país es según tu camiseta. al menos con el pueblo llano.

Por cierto. Perdimos con Honduras.

Por: J U G J

Party...

Entre el humo de 20 cigarrillos y una botella de tequila pasé la noche de ayer.

Bailé como desesperado, reí, grité, canté. En la pista dancé con todas las chicas, y me divertí viendo el espectáculo. Mi sonrisa era tan grande que casi no cabía en mi cara.

Y hoy me duele mi rostro de tanto reír falsamente. Sí, es cierto, en algún momento llegué a olvidarlo todo mientras bailaba al son de una canción de duranguense, género que odio, pero por algunos cuantos instantes. Después llegaba de nuevo el dolor de no estar ahí con él, y me costaba aún más trabajo sonreír.

Pero no me atreví a arruinar la fiesta, de eso se encargaría alguien más, nunca falta un mala copa.

No lloré, al menos no hacia afuera, y mientras bailaba con mis amigas, que lucían hermosas, mis lágrimas se derramaban hacia dentro de mi, acumulándose en mi estómago y mi pecho. Me preocupa, por que toda agua que no fluye se infecta. Y cuando al fin salgan esas lágrimas atrapadas escupiré tanto ácido y veneno que no tengo idea de lo que pudiera ser capaz.

Tengo miedo, mucho miedo, de mi, de él, de todos. Pero me tengo que aguantar. Toda la vida he sido el poderoso, el árbol fuerte que cobija de la lluvia y da sombra a los que se acercan a mi. Pero creo que el invierno ha llegado al fin, y mis hojas están cayendo poco a poco. Sin embargo el tronco seguirá en pie. No queda otra opción.

Callaré el corazón por que el cerebro se equivocó. Es más fácil escuchar a la razón que al amor. Siempre lo he dicho, y siempre lo he hecho, y siempre había acertado. Pero no me había dado cuenta de que en asuntos de corazón el cerebro vale madres. Y ahora que al fin mi pecho desprtó y fué capaz de sentir el sentimiento más hermoso que he tenido en mi vida, mi miedo a lo desconocido lo echó todo a perder. Es en momentos como estos en los que reniego de la razón. Pero es lo único que me queda ya que mi corazón ha muerto.

Por lo demás seguiré con mi vida, hasta que el pecho me estalle de tanto amor conteido y mis ojos exploten y dejen correr las hediondas lágrimas contenidas por tanto tiempo. Seguiré bailando, cantando, fumando y tomando, sonriendo sin ganas y aparentando una felicidad que lejos de esa persona nunca más volveré a probar.

Por: J U G J

sábado, 4 de abril de 2009

Hace 27 años

Imperialismo, no encuentro un mejor adjetivo para las acciones de Reino Unido de la Gran Bretaña, invadir las Malvinas y ofender e insultar al publo argentino. mierda¡¡

2 de abril de 2009.
Cronopio Tranvia

viernes, 3 de abril de 2009

Vamos bien chicos...

Vamos todos a cantar
dancemos frente a las tumbas
de aquellos que nos dieron patria
y quememos sus memorias una a una.

Miren, miren en la tele
como bailan las mujeres
y disfruten con sus chistes
malos e indecentes.

Mientras la patria
se hunde en la basura
y nos pudrimos por dentro
como en una tumba.

Pero no se preocupen
papá gobierno
tiene la obligación
de mantenernos
no trabajen
no estudien
no se preocupen
no se acostumbren
a pensar

Después de todo
quienes de verdad triunfan
y salen en la tele
son los más idotas
y los que nunca leen.

Bailen mexicanos,
Canten duranguense
olvídense del arte
y miren a la mujeres
que se desnudan en los antros
y nunca, nunca se quejen...

Por J U G J
"Vamos todos a correr"
"juguemos a las trais"
"un dos tres por todos mis amigos"

Ah, que buenas épocas aquellas donde solo nos preocupaba jugar con nuestros amigos y la guerra no era más que un juego en el cual alguien arrojaba una pelota o finjíamos pelear con metralletas imaginarias, sin que por la cabeza nos pasara la idea de todas las muertes que este "juego" ocasionaba en alguna remota región del mundo.

Fuimos afortunados, espero que quien quiera que lea esto admita que lo somos, que haya tenido la verdadera fortuna de no pasar por algún episodio traumático que marcara su niñez.

Dentro de todos los problemas que sufrimos en nuestro país debemos admitir que, por lo menos, no padecemos o mismo que en la franja de ghaza, en Georgia, etc.

Siempre ando criticando la mediocridad, y este artículo está a punto de sonar mediocre, pero dentro de mi pesimismo extremo debo dar también alguna luz, al menos siento esa necesidad. Y doy gracias a la vida por haberme hecho nacer en un país decentemente estable. Aunque al mismo tiempo escupo sobre las personas que han hecho de esta gran nación la cloaca más hermosa que puede existir en este mundo.

Chicos, tenemos ante nosotros una tarea muy difícil. Tenemos que demoler las paredes que estén derruidas sin comprometer aquellas que aún puedan mantenerse en pie. Mantengamos la vista tanto en lo terrible como en lo bueno que nos rodea, sólo así podremos avanzar y cambia loq ue necesita ser cambiado.

Por: J U G J

jueves, 2 de abril de 2009

el conejo y el loco. Zoofilia patológica.

Cómo duele extrañar lo que aún puede verse.

Mi nombre es Mario, y soy poeta; Mediocre, sin título, fracasado, pero poeta al fin y al cabo. Vivo mi vida entre las desoladas praderas junto a una montaña, al lado de un desierto enorme que colinda con la más exhuberante selva a la orilla del mar. Amo mi casa, ya que hay tantas cosas por ver, además de las montañas está, en el desierto, un pequeño volcán apenas más grande que mi casa, y varios géiseres en la playa; el sol brillaba irradiando su luz morada; hacía años que no veía brillar un sol amarillo, desde que murieran mis padres, únicas personas a las que realmente había apreciado en mi vida. Como lo que siembro yo mismo en el patio de la casucha que heredé de mi madre al morir, único legado que recibí de ella junto con sus joyas, sus inservibles joyas.

Siempre, toda la vida, he sido amante de los animales, los adoro. Sin embargo desde que vivo aquí, aprendí a ver a los animales como alimento, ya que nunca fuí lo suficientemente disciplinado para criar siquiera una vaca que me diera leche diario. Así que me dediqué a pescar en el riachuelo cercano o a cazar para poder sobrevivir. Alguna vez cogía una perdiz, una paloma, un ornitorrinco, una avestruz, quizás una ardilla, en una ocasión incluso llegué a cazar un venado que me sirvió, enterrando la carne, para comer un mes. Sin embargo nunca pude cazar un conejo.

Siempre escuché que la carne de conejo era deliciosa, además de nutritiva, así que siempre que veía uno trataba de atraparlo. Nunca me atreví a tirarles un balazo por que con la escopeta que utilizaba podría destrozarlos por completo, ya que además quería hacerme unos guantes con su piel, por que el invierno era muy frío en esta región de México donde siempre neva, así que mi única opción era atraparlos al vuelo como a las perdices y palomas que encontraba; Siempre que veía uno le arrojaba una manta que utilizaba para inmovilizarlos, sin embargo eran tan rápidos que huían justo en el momento en que iba a lanzar mi improvisada red. Juro que en alguna ocasión ví a más de un conejo volando con alas en las patas traseras.

Siempre me quedé con las ganas de probar la carne de conejo, hasta que un día sucedió algo que trastornó por completo mi forma de ver a estos animales.

Una ocasión en que caminaba por el bosque colindante con mi propiedad, me encontré, agazapado en un arbusto, un hermoso conejito, de color negro. No parecía ser siquiera un animal adulto; seguro era un pequeño gazapo escapado de su madriguera, quizás se había perdido o algún zorro, lobo-pantera o tigre-humano de los que tanto abundan en estos lares, había devorado a su madre y hermanos. Sea cual sea la razón estaba ahí para mi.

Lo tomé en mis manos, era tan pequeño e ingenuo que ni siquiera trató de huir; incluso, una vez que lo tuve entre mis manos se acurrucó en ellas.

Contrario a lo que hacía con las perdices y palomas que lograba atrapar, no lo metí en mi morral. Maquinalmente lo tomé en mis brazos y lo envolví en la manta que usaba para atrapar otras alimañas. El animal se arrulló con mis pasos y se durmió profundamente.

Una vez que llegué a casa deposité al gazapo en una jaulita que uso para conservar a toda alimañana que llevo viva a casa, al menos hasta que preparo el caldo donde he de cocinarlos.

Comencé a preparar la cocina para matar al pequeño animalito. Levanté los cuchillos que yo mismo había forjado y les lavé la sangre de tantos animales que habían servido de alimento. Quité la vajilla de oro que aún conservaba de aquel palacio donde viviera en mi infancia y allané en general la barra donde se había de llevar a cabo la matanza.

Por fin, después de casi una hora de preparativos, algo largo para lo que yo acostumbraba, me dispuse a cegar la vida del conejillo. Lo saqué de la burda jaula de mimbre que ya había comenzado a roer y lo cargué por las orejas.

Me miró con una confianza tan grande y con unos ojos tan vacíos de malicia, que no pude apartar mi mirada de la suya. Tomé el palo con el que había de destrozarle la nuca y lo levanté sobre mi cabeza. No estoy seguro de cuanto tiempo me mantuve en esa posición. Mis ojos se clavaron en los del conejo, y no podía despegarlos de ahí, era casi como si tuviera una conversación íntima con el animal. Después de un buen rato dejé el palo en la mesa y regresé al conejo a la jaula de los manjares. Había llegado a la conclusión de que era demasiado flaco y pequeño para comérmelo. Amén de tener muy poca piel para mis guantes.

Decidí engordarlo un poco para poder disfrutar de un buen platillo y unos guantes amplios y tibios.

Lo conservé en la jaula con algunas hierbas que recogí del bosque y un tazoncillo de agua q tomé de un charco del patio. Ese día comí un poco de carne de ballena que había pescado hacía ya un par de años.

Esa noche, a pesar de ser pleno verano, nevó. Cayó esa fría espesa y negra nieve que suele caer en esta parte del mundo. Me encontraba tiritando de frío con apenas una manta de franela encima la misma que usaba para atrapar animales. Así que me levanté y fuí por una cobija, la única q tenía aparte de mi manta de franela.

Pasé frente a la jaula de mimbre donde dormía el conejito, y noté q estaba tiritando de frío. Pensé que si lo dejaba sin nada q lo cubriera moriría, lo cual frustraría mis planes de una suculenta comida y unos guantes hermosos.

Tomé la frazada de terciopelo morado, con mis armas bordadas en plata y oro, que estaba guardada en el armario, y sin siquiera pensar en ello la doblé y la metí a la jaula de mimbre donde reposaba tiritando de frío el pequeño conejo. Yo sólo me puse una playera extra y me cubrí más con la mantita de franela, entre cuyos pliegues había todavía una pluma de papagayo, animal que había atrapado hacía un par de días en la selva que colinda con mi propiedad.

Al día siguiente, después de pasar la noche más fría y horrenda de mi vida, entre una fortísima ventisca y oscuras ráfagas de viento q rompieron más de un cristal, desperté de malísimo humor. El sol ya calentaba y había derretido casi todos los rastros de la negra nieve de mi patio. Abrí la jaula de mimbre del conejo y le arrebaté la cobija, haciéndole dar un vuelco en el aire, obviamente el conejo despertó, y me miró directo a los ojos como interrogándome el por que de mi brusquedad. Sentí como se había enojado, puedo jurar q se sentía un reproche en sus ojos, y bajé la mirada.

Lo dejé en la jaula de mimbre y le rellené el tazón de agua.

Ya más tranquilo salí a la pequeña parcela de tierra donde cultivaba para comer. Ésta daba hacia el lado del desierto, por lo que siempre se metían serpientes a guarecerse entre las plantas. Así que atrapé algunas cuantas y las desollé para comerlas.

Comencé a trabajar en la parcela y recogí algo de trigo, alfalfa, algo de flor de calabaza, maíz, cebada patatas y algunas frutas como piñas, cerezas, naranjas zapotes y kiwis.

Recogí, además, algunas malas hierbas para hacer engordar al pequeño y negro conejo; después de todo, mientras más grande y gordo mayor sería mi festín.

Al entrar a la casa, el conejo, que estaba entretenido mordisqueando las fibras de mimbre de su jaula, dió un respingo y volteó a verme, se paró sobre sus patitas traseras y comenzó a rascar la jaula. Traté de ignorarlo pero él llamba mi atención con todo lo que podía. Así que me acerqué a el y vacié algunas hierbas para q se entretuviera masticando algo.

Herví la cebada, cociné las flores de calabaza, partí las frutas, horneé un poco de pan y me puse algo de lechuga y alfalfa en un plato. Cuando me disponía a comer noté que el conejo me miraba con cierto aire socarrón y tierno, y ví que solo tenía un puñado raquítico de hierbas leñosas y medio secas. Tomé la lechuga de mi plato y un puñado de alfalfa, así como algunas frutas y un poco de pan q recién había sacado del horno de piedra que construí hacía ya algunas décadas, y lo metí en su jaula. No podía ser que el conejo creciera tanto como yo lo necesitaba si tan solo lo alimentaba con algunas cuantas hierbas raquíticas.

Comí el resto de mi comida, las serpientes que había capturado en la mañana y me fuí a dormir, no sin antes echarle una ojeada al conejo, ya casi podía saborearlo.

Esa noche no fué tan fría, pero aún así le eché el edredón encima, ya que me convenía que no consumiera calorías soportando el frío, y yo pude dormir tranquilamente con tan sólo la manta de franela. Cosa rara es que el conejo, contrario a la costumbre de los de su especie, no razgó la tela del cobertor. Parecía que la cuidaba como si temiera dañarla.

Así pasaron varias semanas, entre el trabajo en las mañanas y mis paseos por la tarde. Siempre que llegaba a casa el pequeño conejo saltaba como si estuviera emocionado. Yo, como soy por naturaleza raro, decidí ponerle nombre a mi comida.
En realidad no me quebré mucho la cabeza, desde esa tarde el conejo se llamaría Gazapo.

Siguieron pasando las semanas, y el conejo crecía a un ritmo acelerado. Cada vez se ponía mas regordete, largo y hermoso, su piel brillaba como la seda y yo me deleitaba acariciándolo como si ya tuviera puestos los guantes que me habrían de cubrir del frío. Él, en su ingenuidad, se acurrucaba entre mis manos o en mis piernas y se dejaba hacer.

En ocasiones me miraba con tanta ternura que yo no lo soportaba y bajaba los ojos o lo desviaba a otra parte. Me daba algo de remordimiento pensar que habría de devorarlo.

Un día en que el sol alumbraba de lleno la habitación inundando con su luz, que había cambiado de morada a azul en el transcurso de algunos días, mi franela, desperté sobresaltado por que Gazapo había escapado de su jaula y brincó hacia mi cama para acurrucarse junto a mi.

Yo me asusté y pegué un grito tremendo, tan grande que incluso un trozo de la montaña se desprendió y el pequeño volcán que había en medio del desierto comenzó a lanzar fumarolas. Hacía ya años que no veía activo ese volcán, y me llamó mucho la atención que, contrario a la costumbre ancestral de dicho volcán, lanzó una fumarola blanca y suave en lugar de una nube de ceniza caliente y áspera. Pero volviendo al punto, Gazapo se había acurrucado junto a mi almohada, poniendo su cara junto a la mía y mirándome con aire burlón, pero muy tierno.

Mi primera reacción fué soltar un golpe directo al animal, pero sus ojos me amedrentaron, me dominaron, entraron en mi alma como entra la poesía por los oídos. Así que clavé mi mirada en la suya, posé mi mano en el colchón y bajé la mirada. Dejé q durmiera junto a mi un par de horas más. ¡Fué tan lindo verlo dormir!. Era la primera vez que veía a Gazapo como algo más que un alimento y un lindo par de guantes.

Al levantarme, no sin antes tapar a Gazapo, noté que su jaula de mimbre, pues la jaula había pasado a ser totalmente suya, estaba totalmente roída, y decidí que debía hacerle una jaula nueva.

Tomé algo de alambre de la bodega y algunas hierbas del jardín, e hice una jaula color rojo con verde, que no me gustó del todo. Probé con distintos materiales y ninguno satisfacía mi interés. Hasta que descubrí que lo que no cuadraba en las jaulas que había hecho era el color. Necesitaba algo color amarillo para poder tener a Gazapo en una jaula amarilla. Después de todo soy muy tranquilo, y si hay algo que me moleste es el cambio. No estaba dispuesto a soportar una jaula de otro color en mi casa donde desde antes de cristo había yo tenido una jaula de mimbre COLOR AMARILLO.

Busqué como desesperado en toda la casa por algo que fuera del color deseado. Ni los hierros de la ventanas, ni las patas de las sillas. Nada. Pude haber tejido una nueva cesta de mimbre, pero sabía que Gazapo terminaría mordisqueándola de nuevo.

Así fuí a dar a la cocina, donde hallé la vajilla de oro que en otros tiempos usara yo en mi palacio, allá en Sumeria. El metal parecía nuevo y era un color amarillo tan intenso que no lo dudé un segundo. Corrí con las piezas doradas, de valor incalculable, y las llevé hacia la fragua que tenía yo a algunos pasos de la casa. Fundí, estiré, martillé y doblé el oro hasta hacer una jaula de oro puro, igual a la de mimbre donde Gazapo viviera todo este tiempo, pero Diez veces más grande. Sin embargo aún faltaba algo. Corrí hacia mi habitación donde tenía guardadas las joyas, las inútiles joyas que una vez mi madre usara en su cuello. Arranqué las piedras preciosas y con ellas hice un marco en una placa de oro, donde escribí el nombre de Gazapo. Era estrictamente necesario poner la placa con el nombre para evitar confusiones. O al menos así lo pensé yo en ese momento.

En la jaula había puesto, además, una enorme rueda para q corriera, una caja, también de oro, para que durmiera dentro. Y cubría todas las noches su jaula con el cobertor bordado.

A fin de cuentas, ya que iba a devorarlo debía al menos evitar q se enfermara, no podría yo comer un Conejo Tísico o vestir mis manos con unos guantes de piel de conejo sarnoso. Gazapo amaba su jaula nueva, retozaba en ella y corría en su rueda todo el día. Pero no había espacio suficiente para que ejercitara las alas de sus aptas traseras.

Pasó un poco más de tiempo, y noté que Gazapo no crecía lo suficiente. Había tratado de todo, desde aliemntarlo con simples hierbas, alfalfa, carne de vívora, incluso llegué a compartir la carne de un canguro que encontré vagando un día cerca a la costa. Pero nada. El pobre no crecía como debiera haberlo hecho un conejo de su edad, y eso frustraba mis planes alimenticios.

Como último recurso probé darle a comer papel. Para mi sorpresa comenzó no sólo a embarnecer, si no a volverse más hermoso aún de lo que ya era, Sus ojos se volvieron más brillantes, su piel más sedosa y creció tanto que tuve q agrandar la jaula en más de una ocasión. Sin embargo, cabe aclarar, que no era papel solo lo que comía. Después de varias semanas de prueba y error, noté que era el papel con tinta lo que le hacía crecer más. Y más aún cuando la tinta iba en palabras. Y más aún si las palabras iban en verso. Y lo que más nutritivo resultaba para Gazapo, eran los versos de amor.

Así, cada día, antes de servirle su alimento a Gazapo, escribía un par de sonetos o redondillas amorosas a modo de suplemento vitamínico. Gazapo los comía con gran entusiasmo, y se notaba en su socarrona y tierna mirada que disfrutaba el sabor de la tinta sobre el papel, acomodada en tan armoniosas letras.

Así, entre poemas, trabajo matinal, paseos vespertinos y caricias a Gazapo por la noche se me fué el tiempo. Los versos que con tanto cariño escribía para Gazapo lo habían hecho robustecer. Pensé que sería mejor para su salud que paseara a ratos por la casa y por el jardín.

Al principio lo hice con un poco de miedo de que Gazapo huyera hacia el bosque de donde lo había traído, pero bien pronto se tranquilizaron mis ímpetus, por que rara vez se alejaba más de tres pasos de donde yo me encontrara.

Esto me chocaba un poco al principio, pero era lindo tener compañía, yo, que había vivido tantos siglos en soledad, apartado de los hombres, pisando con mis pies desnudos la cabeza de las más venenosas serpientes y sometiendo a las más asquerosas alimañas con solo mi mirada, estaba siendo domesticado por Gazapo, un simple conejo que algún día había de servirme de alimento.

En alguna ocasión, durante mis paseos vespertinos, Gazapo me acompañaba a dos pasos de distancia frente a mi. Cuando de repente, entre la maleza apareció otro conejo; Era grande, robusto, fuerte, con la piel bellísima, casi tanto como la de mi querido y sabroso Gazapo. Mi conejo se acercó hacia él y lo olfateó, parecía que nunca había conocido a otro de sus semejantes. El conejo, que era de un color blanco purísimo, que contrastaba enorme y hermosamente con el negro color del pelaje de Gazapo, parecía invitarle a jugar, sin embargo, Gazapo se negó a alejarse más de tres pasos de mi, y nunca me perdía de vista.

Así despues de un rato de estira y afloje, corrió a refugiarse a mis brazos. En ese momento el sol, que había ya cambiado su tonalidad de morado a azul, cambió una vez más a un tono anaranjado-verdoso. e iluminó más los paisajes que rodeaban mi propiedad. El conejo blanco echó a volar con las alas que tenía en sus patas traseras, las cuales eran robustas y gandes, con bellas plumas blancas y tornasoladas.

Volví a casa con Gazapo en brazos, y me sentí como hacía siglos no me sentía. Un poco feliz, o dicho más propiamente, menos triste que de costumbre. Revisé sus patas traseras y descubrí que las alas que Gazapo tenía eran demasiado débiles y pequeñas, ya que nunca las había utilizado.

Pronto llegó el otoño y en el ambiente se sentía el frío del invierno venidero. Iba a ser uno de los más crudos que hubiera vivido hasta ese momento.


Un par de días antes de que comenzara la preparación de la masacre, volvió a caer una nevada terrible. Yo tiritaba de frío. Decidí cambiar el cobertor por la frazada, para no morir de hipotermia. Así que fuí a la jaula de Gazapo y retiré el cobertor. Sin embargo hacía tanto frío que aún con el cobertor no bastaba, y Gazapo, con sólo la manta para cubrirse de la nieve negra que siempre caía en esta parte de la nación, tiritaba como nunca. Pensé una vez más que no podría usar su piel y su carne si lo dejaba morir de frío. También razoné, cosa que hago muy de vez en cuando, que si no usaba yo el cobertor podría morir de frío. Tomé una decisión salomónica, y me cubrí con la manta y el cobertor bordado, dejando la jaula dorada completamente desprotejida y a la intemperie, con riesgo de que todo ser viviente que se refugiara en ella muriera congelado en tan sólo unos minutos. Esa noche Gazapo durmió en mi cama conmigo.

Así fué durante al menos una semana entera. Despertar junto a Gazapo y abrazar su felpudo y suave cuerpo. Diario tenía que recordarme que era mi próximo alimento y que sería mi nuevo par de guantes para no encariñarme con esa bolita de pelos. Al día siguiente el sol se había vuelto amarillo casi por completo, a excepción de algunos tonos rojizos que aún se dejaban adivinar entre sus rayos.

Después de algunos días de sentir esa indescriptible alegría que me causaba tanto miedo, decidí que era el momento de hacer mis guantes.

Le di a Gazapo su última cena, consistente en lechuga, alfalfa, kiwi, manzanas y cerezas, y claro, uno de los poemas con más sentimiento que había yo escrito hasta ese día, escrito en un trozo de pergamino antiguo y con letras capitales con miniaturas, aunque con simple tinta negra. El poema rezaba algo así:

Llegó el otoño, mi otoño
y se cubrió de un frío velo
el alma mía
que otrora levantara el vuelo.

Te irás, por que debes irte
y te extrañaré, por que te amo
Moriré por seguirte
pero te seguiré en vano.

Eres la luz de mis ojos
el sol que me alumbra
el frío de mi noche
el aire que me desnuda.

Te quiero como nunca creí
que pudiera querer a alguien
y odio no poderte olvidar
y quererte con toda mi sangre.

Te ofrezco mi furia, te ofrezco mi amor
te ofrezco mi vida y mi corazón

acepta mi ofrenda
estos versos de amor
y guarda mis cartas
que escribí con pasión.

en fin, guarda mi recuerdo,
como yo guardo el tuyo
que si un día lo pierdo
moriré de seguro.

La parte de la cena que más disfrutó fué el pequeño poema. No era ni por mucho mi mejor poema, pero era aquel en el que más sentimiento había puesto.

Así, después de haberle dado su última cena, lo arrullé más que lo tomé entre mis brazos, lo acerqué al mismo lugar donde hacía unos meses había intentado matarlo por vez primera y me dispuse a asesinar a Gazapo. Una vez más lo tomé por las orejas y lo miré una vez más directo a los ojos, una vez más lo sostuve por las orejas y una vez más levanté el palo por encima de mi cabeza. Pero esta vez no encontré pretexto alguno para no matarlo. Era un conejo rollizo, grande, con carnes que lucían deliciosas, su piel era abundante y sedosa, y alcanzaba para hacer incluso dos pares de guantes. Sin embargo al ver sus ojos, una vez más tuve que bajar la mirada.

No podía seguirme engañando. Amaba a ese conejo, Gazapo se había convertido en mi mejor amigo, mi unico compañero, aquél ser con quien compartiría de ahora en adelante lo que sea que el destino me deparase. O al menos eso creía yo.

Los días transcurrían entre un sol hermoso, de tintes amarillos blancuzcos, un sol hermoso, tanto como no había visto en siglos. Gazapo y yo creábamos lazos cada vez más unidos, y yo lo quería cada día más. Pero había algo que no dejaba de inquietarme. Sus alas eran demasiado pequeñas y débiles.

Pensé que no podría ser un conejo completo y feliz si no desarrollaba sus alas al máximo, si no le permitía volar y remontarse hacia el cielo que había recuperado su tono azul.

Traté muchos métodos, entre ellos arrojarlo desde el sofá, el armario, la azotea, masajear sus alas, pero con esto solo lograba que Gazapo se incomodara y me mirara con esos ojos tan lindos que yo no podía soportar.

Lo último que se me ocurrió fué que tratara con los de su especie, pero él se negaba rotundamente, no quería alejarse de mi. Y aunque disfrutaba mucho con su compañía, me frustraba ver como echaba a perder sus capacidades naturales sacrificándolas por mi.

Una vez, ya cansado de lidiar con la culpa de su malformación, lo eché de casa.

Fué algo terrible.

Abrí la puerta y le indiqué que saliera. Se negó.

Traté de engañarlo dejándole comida fuera de la casa. Y siempre volvía, hacía un esfuerzo supremo y brincaba contra los vidrios d emi ventana hasta que los quebraba y entraba de nuevo.

Hasta que ya, harto de la situación, tomé un montón de piedras y se las arrojé, lo herí en una pata y huyó cojeando y aterrorizado. Aún me parece ver su mirada tan tierna y triste, como preguntando que cosa había hecho mal para que yo reaccionara así. Pero ¿como explicarle que lo mejor para él era vivir sin mí?.

Desde entonces la jaula donde viviera Gazapo ha quedado vacía, el cobertor dentro de la jaula, y no me atrevo a tocarlo aún en las noches más frías del invierno. Algunas veces veo que Gazapo, ya con sus alas totalmente desarrolladas, se pasea volando o saltando por las inmediaciones de mi jardín, y le ofrezco alguna fruta o un verso nuevo que escribiera para alimentarlo. Pero él se niega, y me mira con esa feroz mirada que me hace bajar los ojos, extiende sus alas y vuela hacia el confín del oscuro cielo iluminado por el sol que, desde que saqué a Gazapo de mi vida, volvió a emitir su triste y monótona luz morada.

Incluso mi jardín ya no da frutos tan hermosos, y el volcań volvió a emitir fumarolas negras. Lloro cada noche y mi vida noha vuelto a ser igual

Un día se acercó a mi casa un zorro, muy hermoso, elegante, lindo, y se dejó cargar por mi. Yo, cansado ya de llorar, aunque con los ojos anegados en lágrimas, decidí adoptarlo como hiciera con Gazapo. Sin embargo cada que cargo al zorro, el cual no tiene nombre aún, siento el vacío de mi conejo en los brazos. Y nunca, nunca he podido escribir un solo verso para alimentarlo, me limito a darle de comer unas cuantas hojas que arranco de un libro de poesía desvencijado y que nunca me gustó.

Debo admitir que gracias al zorro, mi sol se volvió un poco azulado, aunque nunca perdió su aire triste, y sus caricias a veces me son odiosas. Pero no quiero, no debo cometer el mismo error que cometí con Gazapo, así que tendré q aguantar lo que sea que venga, mientras miro a través de la ventana, con una lágrima en los ojos, a mi amadísimo Gazapo, cuyas alas cada vez se vuelven más hermosas. Alguna que otra vez, al mirarlo retozar en el jardín o en la pradera, un rayo de luz blanca ilumina mi rostro y el suyo, pero al fijar mi mirada en la suya y descubrir ese rencor bien merecido, mi sol se apaga y vuelvo a casa con la cabeza baja a destruir un poco de lo que aún me queda de vida, ya sea ahogándome en alcohol o azotándome contra una pared, o quizás simplemente releyendo los poemas que aún escribo en honor de mi amado Gazapo. Y aún con todo, debo agradecer a mi zorro que me haya dado una razón para no ahogarme en el mar como lo hiciera hace algunos cuantos milenios la gran poetisa Alfonsina Storni.

Por: Juan Ulises Gazapo Juárez