Como siempre, había terminado mis quehaceres con cierto retraso. Muy natural en mi. Habían ya pasado algunos años desde que comencé a limpiar mi habitación.
Tomé mi saco y me probé frente al espejo mis mejores sonrisas. Igual que todos los días, el tipo que me mira desde el otro lado no dejó de burlarse de mí con sarcásticas frases, bastante hirientes. Pero este día no me importó. Ni siquiera lloré por eso; Todo pintaba para bien. Saldría con mis amigos a un lugar del centro de la ciudad, donde todos los edificios son antiguos pero conservan ese aire de novedad. Quizás por que las fachadas se encuentran pintadas en colores que yo, como daltónico, sí puedo dferenciar. Rojos del tono de la sangre, morados intensos, amarillos huevo y azules pastel.
Muchos odian esa parte de la ciudad, en especial por que está llena de gatos que no dejan de maullar en un solo momento, y siempre con sus maullidos dicen cosas que la gente decente no quiere escuchar, cosas que todos conocen pero desean ignorar.
En fin. Yo adoro esa parte de la ciudad y me dirigía allí para reunirme con mis amigos, y no sólo con ellos, si no con cierta persona especial por la que mi corazón daba giros de 180°. Esta personita especial, la había conocido hace algún tiempo en una reunión de la nobleza mexicana, a la cual acudí como Acompañante del duque de Nosepordonde. Ahí estaba él, con su capa color carmesí y su corona condal en la cabeza. Desde ese momento me enamoré perdidamente de él.
Pero volviendo al relato. Ahi estaba yo, frente al espejo, soportando las burlas de aquel que siempre se asoma a ese marco cuando lo hago yo, probándome una a una mis mejores sonrisas, que iba sacando de una caja de madera tallada, y calándome la boina cuando, en la tele que estaba encendida, escuché una noticia que me hizo sentir de lo peor.
Se había declarado estado de emergencia, debido a que cierto agente patógeno llamado Influenza porcina (sabe dios de que país era esa señora) atacaba a la ciudad, y al país en general. Las imágenes que pasaban en la tv eran aterradoras. Influenza, de color verde y apariencia viscosa, se acercaba a todo aquel que sonriera, y al tocarlo con un dedo, este perdía el color, se desmayaba y algunos incluso morían. No se sabía por qué, pero parecía que atacaba con más encono a aquellos que parecieran felices. Desafortunadamente, esta señora no podía ser eliminada por que contaba con inmmunidad diplomática.
Así, las recomendaciones de las autoridades, basadas en el patrón de comportamiento de este invasor extranjero, eran las siguientes:
- Lavarse las manos, ya que Influenza, al parecer de origen asiático, tenía asco a las personas mientras más limpias estuvieran. Después de todo, en china, de donde parece que vino, la gene escupe en el suelo y defeca en las calles.
- Evitar saludar a la gente, incluso de mano. Al parecer Influenza ataca a aquellos que son sociables y con muchos amigos, mientras más aceptada sea una persona, mas envidia despierta en Influenza.
- No estornudar. Segun recientes investigaciones, La señora Influenza es muy dormilona, y una de las pocas cosas que la puede despertar es el sonido de un estornudo.
- Y la Más importante de todas. No sonreir. La sonrisa exaspera a un grado máximo a la Influenza, y hace que ataque sin previo aviso y de forma más terrible.
Así, a menos ke quisiéramos ser vulnerables al ataque de este agente extranjero patógeno destructor de hogares, teníamos que evitar mostrar nuestras sonrisas.
Me dispuse a salir. Pero desoí las indicaciones de la autoridad, y me puse la sonrisa más sincera que pude encontrar, aunque la cubrí con un tapaboca por si me encontraba con la señora influenza en el metro.
Escondiendo mi sonrisa, me dispuse a alcanzar a mis amigos. En aquella gran oruga de color naranja, llamada metro, que nos transporta volando de un lugar a otro de la ciudad, pude advertir un aire de terrible frialdad. Grandes damas encopetadas con muecas de disgusto, Duques que portaban sus insignias y en la cara una amargura tremenda. Pajes, por lo general felices, que ahora evitaban entablar conversación. Y todas las personas, al encontrar a sus amigos, no se saludaban más que a tres pasos de distancia, sin un beso, sin un abrazo, y en el mejor de los casos, esocndiendo, como yo, su sonrisa detrás de una máscara de color azul.
Me sentí como un extraño. Por costumbre esperaba encontrar, igual que siempre, gente parlanchina, gritando, empujándose, riendo. No este aire de velorio que se respiraba en toda la ciudad.
En los transbordes, donde pasamos de una a otra oruga, la gente evitaba mirarse a la cara. En parte esto estaba bien, ya que así evitábaos el ataque de tan terrible señora, que viajaba junto a casa uno de nosotros a la vez esperando que le diéramos entrada tocando a alguien o sonriendo de más.
Y aún con todo, había algunos cuantos animalejos que no dejaban de gritar, que la influenza era sólo una invención, igual que los reyes magos o la democracia, que todo había sido planeado por el gobierno, y chillidos por el esilo que no hacían más que confundir a las personas. Claro, ellos no creían ya que las ratas no son atacadas por la señora influenza.
Esta situación era desesperante, por que no había forma de saber si bajo la máscara o e cubrebocas había una sonrisa de empatía o una mueca de desdén. Y eso me estresaba, puedo comunicarme sin hablar pero no sin sonreir.
Después de las peores 36 horas de mi vida, llegué de ecatepec hasta esta zona tan colorida del centro de la capital, aún unos minutos antes de que mis amigos llegaran.
Nunca han sido puntuales, y si algo informales, pero aún aśi los quiero mucho.
Me senté en el andén y comencé a garabatear algunas poesías, cuando escuché que gritaban mi nombre. Alcé la cabeza y ahí estaba. Aquella persona a la que tanto quería yo, con la cara cubierta por un trozo de tela azul, al igual que todos los que nos acompañaban.
Inmediatamente me abalancé sobre mis amigos para besarlos en la mejilla y abrazarlos, y con un gesto bastante brusco me rechazaron, señalando discretamente a una encopetada, verde y viscosa dama tocada la cabeza con una pamela de muy mal gusto aunque muy cara. La señora influenza no nos apartaba la vista de encima, amenazándonos con un gesto bastante sigfnificativo y trastabillando algunas palabras en mandarín.
Levanté mi mano y la agité con resignación, y cambié un par de palabras con ellos. Jesus, con su vistoso traje de paje, lucía extrañamente bien; Ramiro, Marqués de Nosedonde, igual que siempre, lucía un tocado tan extraño que hacía voltear a todomundo. Llevaban con ellos a un muchacho que me fué presentado como el Señor de Cualquierlugar, Mauricio, muy guapo por cierto.
Sin embargo, entre todos ellos, sólo tenía ojos para Adolfo, Conde de Saltapatrás. Lucía hermosísimo, como si aparte de su corona condal, brillara en su cabeza un halo de misticismo y divinidad que me invitaba a no separar mis ojos de él.
Estúpidamente agité un poco mi sonrisa, que se mantenía estática bajo mi cubreboca, como si estuviera a la vista de todos. Pero nadie lo notó puesto que aquel trozo de tela se interponía entre yo y la cortesía. Así, no tuve más remedio que conformarme con mirar los divinos ojos de Saltapatrás, mientras sus carnosos labios, que alguna vez fueron míos, se escondían ajo aquél trozo de horrible tela azul.
En un ambiente pesado y denso, nos dirigimos hacia el área pinta de la ciudad, la parte del centro que ya antes había descrito. Influenza (perdón que prescinda del título de señora pero a estas alturas es ya una íntima amiga mía) no despegaba la vista de nosotros, pendiente de que no nos tocáramos, no riéramos, y sobre todo que no mostráramos las sonrisas. A mi me miraba con mayor recelo, puesto que mi enorme sonrisa se notaba aún con el cubreboca, delatándome mis ojos contraídos y mis pómulos exageradamente alzados.
Caminamos por las calles del área pinta al principio muy temerosos de ser asaltados por Influenza, sin embargo, poco a poco, y a despecho de la encopetada señora, fuimos soltando bromas y risitas ahogadas. Yo, como siempre, era el más escandaloso de todos, varias veces en mi finca de Quedamuylejos, donde soy barón, los vecinos se han molestado de mis estruendosas carcajadas que han llegado a romper hermosos vitrales. Así, influenza se puso abiertamente en mi contra, sigueindome siempre a apenas dos pasos de distancia y sin quitar los ojos de mí.
Personalmente me divertía el hecho de ser seguido por ella, aunque muchos se sentían intimidados ante su presencia. Disfrutaba de la plática de mis amigos, de ver los edificios multicolor cerrando en cuanto veían llegar a la señora que me seguía cual sombra, a los gatos que no dejaban de maullar y decir algunas cosas hirientes para muchos, divrtidas para los demás. Pero sobretodo, feliz de ir a tan poca distancia de mi amado Adolfo de Saltapatrás, aunque ese horrendo trozo de tela azul me separara de sus carnosos y besables labios.
A lo largo de la Caminata, noté que Ramiro de Nosedonde estaba enamorado del Amigo que recién me habían presentado, el señor Mauricio de Cualquierlugar. Sin embargo, al mismo tiempo, noté que el señor de Cualquierlugar no dejaba de mirar a mi queridísimo Adolfo. Eso me puso un poco triste, ya que por muy razonable que pueda ser un hombre, el demonio de los celos no deja de atacarlo. Este acontecimiento hizo estremecerse de alegría a Influenza, ya que es bien sabido de todos que lo único que la hace feliz y la mantiene tranquila es la miseria, el dolor y el aburrimiento.
Jesus, hijo del Duque de Estáporáhi, iba feliz deleitándose con los vericuetos que daba esta jornada. Finalmente, después de mucho caminar, llegamos a un pequeño parque donde nos sentamos a hacer un pseudo día de campo, ya que no pudimos entrar a ningún restaurante decente a comer. Justo ahí, Cualquierlugar entabló una plática con mi amado Adolfo Saltapatrás, y al notarlo, tanto yo como Ramiro de Nosedonde fuimos atacados por un acceso de celos. Jesus e Influenza se deleitaban con este espectáculo, y aprovechó el primero de que la señora estaba muy entretenida viéndome sufrir y procurando quitar la sonrisa de mi boca que ya casi se caía, para alejar del Grupo a Adolfo y Mauricio.
Procuré ignorar este hecho, pero por dentro me destrozaban los celos. Proseguí con la plática, pues los modales han de mantenerse ante todo, y rechacé un poco brusco a un gato pordiosero que no paraba de maullar tonterías acerca de lo mucho que me dolía ver a Adolfo con Cualquierlugar.
Yo me encontraba hablando acerca de mi último asalto a espada, que había ganadoatravesándole el pecho al Barón de Muchaspiedras, cuando noté que Ramiro y jesus miraban insistente y a la vez discretamente hacia donde se encontraban mi amado y el amigo nuevo. Con disimulo, tratando de que la señora influenza no se despertase, pues había caído dormida junto a nosotros, volteé sólo para encontrar la escena más dolorosa que jamás haya visto. Mauricio de Cualquierlugar y Adolfo de Saltapatrás, se estaban besando tomados de las manos, y cerrando los ojos. Pude escuchar el estruendo que hizo mi corazón al romperse, y mi sonrisa vaciló en su lugar a punto de caerse. El gato pordiosero que no paraba de maullar, se retorció ronroneando, como satisfecho, y el tipo del espejo comenzó a burlarse de mi desde el pequeño espejito de bolsillo que guardaba en mi saco.
Influenza se despertó y al notarlo, rápidamente se volvieron a cubrir la boca, Cualquierlugar tenía una mueca de indiferencia muy marcada, Pero Saltapatrás, mi querido Adolfo, al mirar hacia mí, dejó ver una linda sonrisa dibujada en sus carnosos labios carmesí. Inmediatamente, al ver que Influenza se tallaba los ojos la cubrió con el cubreboca de nueva cuenta.
Dentro de lo miserable que me pude sentir de ver a esos dos besándose, la alegría que me dio el ver esa sonrisa dirigida a mi, me hizo ponerme de muy buen humor.
Caminamos de regreso, todos muy serios, aunque en Jesus se notaba una mirada de inequívoca satisfacción.
Llegamos al metro, justo donde nos separábamos, y nos despedimos todos, de ejos, ya que la escrutadora mirada de Influenza no se apartaba de nosotros en general y de mi en específico. Sin embargo, una idea surgió en mi mente, esperé a que Influenza se volteara y se distrajese con alguien más que no con migo, sin embargo eso nunca ocurrió, y me desanimé un poco. Finalmente cuando la enorme y anaranjada oruga donde Adolfo subiría para regresar a su finc de Saltapatrás se detuvo, me atreví, aún siendo observado por Influenza, a arrancarme el cubreboca dejando estupefactos a los demás, puesto que una sonrisa muy sincera, aunque mal colocada en mi rostro, se balanceaba por mis labios en dirección a Adolfo. Aquí, arrancarme la sonrisa para arrojarla hacia Adolfo, ofreciéndola como regalo, y ser tocado en la nariz por Influenza, fué una sola cosa.
Y desde entonces estoy aquí, convalenciendo en mi finca de Quedamuylejos, con vómitos, fiebre y un dolor de cabeza que nunca había sntido uno igual. Sin embargo me encontraba satisfecho, Adolfo Saltapatrás, a quien idolatro a pesar de ser de todos menos mío, había recibido, y aceptado de mis manos, mi más sincera y linda sonrisa para conservarla por siempre.
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