Ese día fué muy pesado, Oswaldo había estado muy ocupado y a estas alturas se encontraba muy cansado y hambriento; desde la mañana no había probado alimento, no es que le hiciera mucha falta, de cualquier manera acostumbra vomitar todo lo que come.
¡Dios! que pesado, ayudar en la misa, repartir hostias (y esta vez no en una riña), después llegar a casa a cambiar los pañales de su hermano (que tiene 19 años) y levantar las jeringas usadas del piso de la habitación de sus padres.
Después de algunas horas de lavar y restregar el piso, y con la ropa oliendo al vómito de su madre embarazada, salió a una fiesta que organizaba una de sus amigas.
La ocasión de la fiesta era el cumpleaños de su inseparable amigo Alfredo, que cumplía 17 años ante la sociedad y 20 ante la ley, una fiesta sorpresa que organizaban para deleitarlo.
La velada pasó entre algunos tragos, juegos infantiles, bailes sugestivos y decoraciones a base de condones y otras cosas obscenas. Era hasta cierto punto bueno ver como la familia permitía que los amigos de Alfredo, a pesar de ser todos homosexuales, conviviesen con los primos pequeños, pero de haber sabido la cantidad de gérmenes patógenos que anidaban en sus áreas genitales seguro los hubieran corrido, y si si supiesen la mitad de las cosas que hacen en sus fiestas y reuniones llamarían a la policía.
Una vez que habían hecho algunas demostraciones de su sexualidad frente a la familia de Alfredo, muchos de cuyos miembros, entre los que afortunadamente no se encontraban los anfitriones, eran extremadamente conservadores, Oswaldo anunció, trastabillando, que debía retirarse a su casa debido a que su primo había sido ingresado, por enésima vez al CERESO, y no habría quien le ayudara a alimentar a su hermano y deshacer los desmadres de sus papás.
Por uno de esos sentimientos tan nobles y puros que surgen del cariño hacia las personas y el pesar que nos ocasionan sus desgracias, decidieron cambiar la sede de la fiesta lo más cerca posible de la casa de Oswaldo, el hecho de que no pudieran consumir piedra, marihuana, tachas y demás estupefacientes frente a la familia de Alfredo, sin contar el hecho de no poder fornicar, poco o nada tenía que ver con la filantrópica decisión que acababan de tomar de forma unánime.
Así que decidieron trasladarse, a altas horas de la noche, a una de las zonas más peligrosas de la delegación Iztapalapa, a la casa de un Jotillo que había sido invitado a la fiesta, llamado, o mejor dicho apodado Dalila, un homosexual semidepravado, semi fracasado, semi humano que tenía casi 50 años, pero que rara vez fornicaba con alguien mayor a 15 y nunca con nadie mayor a 20.
Ahí se instalaron y se dispusieron a destruir unas cuantas de los miles de millones de neuronas que aún conservaban. Eran tantas que, por mucho que vivieran 100 años, la vida no les alcanzaría para destruirlas todas. Esto afligía a muchos de ellos.
Una vez en casa de "Dalila", Oswaldo olvidó el compromiso que lo ataba para llegar a su casa, después de todo vivía tan cerca de ahí que no valía la pena apresurarse...
Así, con tres botellas de refresco de tres litros y más de cinco litros de mezcal, se dispusieron a pasar el resto de la noche mientras acompañaban su borrachera con los efectos de una que otra droga. Todos excepto Oswaldo.
Si este relato hubiera tenido lugar hace un año o dos, hubieramos descubierto a un Oswaldo totalmente diferente. Con sus ojos sempiternamente enrojecidos, prostituyéndose en alguna esquina para comprar un churro de mota o una línea de cocaína, y quizás hasta asaltando a algún incauto transeúnte a plena luz del día. Pero ahora era una persona de bien, no sólo había regresado a la escuela, si no que el dinero que ganaba asaltando y vendiéndose ya no lo usaba en drogas, sino en alcohol, y a veces hasta para pagar sus útiles escolares. En definitiva la religión había obrado maravillas en ese ser que cualquiera pudo tomar por un junkie sin remedio.
Así, a pesar de que las ansias lo carcomían, tenía que soportar no probar droga alguna, no echaría a perder todo el esfuerzo que había hecho por una simple peda, así que encendió el enésimo cigarrillo de la noche e intentró matar las ansias de drogas ilegales con algunas drogas legales. Sin embargo ocurrió un suceso, insignificante en apariencia, que dio al traste con su esfuerzo y sus ya casi dos semanas de mantenerse limpio de droga.
Aproximadamente a las tres de la mañana, su primo, Esteban, entró con Dalila, antiguo conocido de la familia de Oswaldo, a fumar un poco de marihuana, tal como Oswaldo le enseñase cuando él casi salía de la primaria. Oswaldo sintió cómo el demonio de la culpa mordía su corazón taquicárdico. Él le había enseñado a su primo a fumar marihuana mientras los otros chicos de su edad aún jugaban a las atrapadas, y todo por que la droga, vicio tan recurrente en su familia, había embrutecido sus neuronas desde su más tierna infancia, ya que en más de una ocasión su madre, adicta a la heroina, le había dado un poco de tequila en su biberón para que se mantuviera quieto mientras hacía un intercambio de parejas en la casa de una sola habitación que compartía con sus cuatro hijos. Bastante open mind la señora.
Así, Oswaldo trató de hacer desistir a Esteban de su intento de destruirse con un discurso tan estudiado y sentimental que rayaba en lo patético. Entre invocaciones al supremo y misericordioso Dios omnipotente, que tantas muertes y desgracias ocasionó según la biblia, y apelaciones a los lazos familiares que los unían, Oswaldo trató de convencer a Esteban de dejar las drogas, tal como él había decidido hace casi un año, y que había logrado a partir de casi una semana.
Sin embargo, Esteban se sumía más y más en el etéreo viaje de la mota, y contestaba a las palabras de su primo con sonoras carcajadas, que a veces parecían significar "no te entiendo" y otras "no me estés chingando", frase que por lo demás pronunciaba cada determinado tiempo.
La angustia y la culpa de Oswaldo crecían conforme la conciencia de su primo se desvanecía entre las bocanadas de marihuana. Dalila ya se había encerrado en su habitación con uno de los muchachos que habían asistido, el cual estaba tan ebrio y drogado que no fué sino hasta el día siguiente que notó que había sido ultrajado por alguien que le triplicaba la edad. Otros de los muchachos se habían encerrado en la zotehuela a "empiedrarse" y estaban más que perdidos, y por fin uno más se encontraba encerrado en el baño vomitando como gárgola de Catedral en día lluvioso. En la Sala solo quedaban Oswaldo, su primo y un amigo que hacía ya mucho tiempo había sido knockeado por el humo de esa bendita hierba.
De repente Esteban cayó en un sueño profundo y al parecer feliz, sosteniendo aún en la mano medio churro de marihuana. Sólo Oswaldo quedaba en pie, y su conciencia no dejaba de atormentarlo; así que se levantó y tomóel churro de marihuana de casi ocho centímetros de largo con la disposición de arrojarlo por la ventana hasta donde su mano se lo permitiera, pero al llegar a la ventana, 5 minutos después, sólo quedaba poco más de siete milimetros del churro que le quitara a su primo. Inmediatamente comenzó a reírse y sus ojos se pusieron aún más rojos. Una extraña palidez subrió su cara y se dejó caer en el sillón, riéndose a pesar de que la culpa lo mataba, lo mataba como cada vez que, a escondidas, se metía unaa dosis de alguna droga por las noches para levantarse aldía siguiente a marcar en el calendario, hipócritamente, que había cumplido un día más de mantenerse "limpio". Pero no importa, eran pequeños deslices sin importancia, las ansias puede más que uno, el espíritu está pronto pero la carne es débil...
Había tantos pretextos para justificarse ante si mismo. Pero ninguno mejor como el hecho de que nadie se diera cuenta de lo que acababa de hacer. Después de todo, es cierto; la carne es débil, pero no nos hagamos pendejos, el espíritu lo es mucho más.
por: Juan Ulises
sábado, 6 de junio de 2009
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