¿Recuerdas tu la magia que sentías
cuando buscabas mi mano en el teatro?
¿o la alegría que le diste a mi vida
cuando íbamos por tlatelolco andando?
Yo vi a los árboles inclinándose
a tus pies, solo para que pasaras.
También vi a la iglesia doblegándose
a tu sola sonrisa, pura y casta.
El sol iluminaba la gran plaza
de la iglesia y el juego de pelota.
Tus ojos ardían cual par de brasas
y un ave se posó en tu boca.
Hacías piruetas sobre la barda;
te seguía yo un par de pasos atrás.
Hacías como si no pasara nada
y en secreto te comencé a abrazar.
Con furtivas caricias que ocultábamos
a los ojos de nuestros compañeros,
bajo ese sol de octubre celebrábamos
que el amor nos hacía sus prisioneros.
Pero ya se fueron aquellos días
y parece que ya no volverán.
Ya solo me queda el dulce recuerdo
de aquella tarde que te empecé a amar.
Por: Juan Ulises.
martes, 21 de abril de 2009
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