Despiertas un día, completo, en un cuerpo que es el tuyo pero que estás dispuesto a sacrificar.
Dejas el cabello lavándolo con shampoo caro, solo para hombres.
Sales y tu aroma de hombre se diluye en agua de colonia.
El desodorante se queda con tus axilas
La crema antiarrugas te roba tu sonrisa
Tus dientes quedan atrapados en el cepillo antibacterial de fibras sensibles con vibraciones sónicas. Pero eso si, que hermoso luces.
Aún te sobra tu cerebro, tus pulmones, tu estómago. Pero no tardarás mucho en deshacerte de ellos.
Tu sexo es tuyo y d nadie más, así que lo aprovecharás, y regresas a la cama con tu pareja, sin embargo lo pierdes con el anillo vibrador que aumenta el placer de ambos. Tu pene muere aprisonado en ese maldito anillo.
Te das cuenta que es tarde, y te sirves un plato de hojuelas de maíz, la cual disuelven tu estómago.
Buscas las llaves del auto, y subes en él. Tus pies quedan atrapados en los pedales del freno y el acelerador.
Llegando al trabajo dejas toda la vesícula biliar regada sobre la mesa de tu jefe.
Y cada uno de los papeles que revisas para hacer funcionar tu empresa se roba una de tus huellas dactilares.
Al fin tus dedos son atrapados por las teclas de tu computadora.
Tus orejas quedan pegadas a los audífonos de tu I pod como moscas en la miel.
Al final del día pierdes la lengua en explicaciones inútiles a tu jefe acerca de por que los reportes no fueron entregados a tiempo.
Pero aún conservas algunas partes tuyas en tu cuerpo.
Al final del día vas a tomar unos tragos con tus compañeros, y tu hígado padece con las copas de ron que tu no deseabas tomar.
Tus manos se kedan en la billetera, para no dejarla vacía después de haber evaporado tu dinero en alcohol.
Tus brazos quedan atrapados en ese abrazo hipócrita que prodigas con tanta familiaridad a aquél tipo que siempre has odiado.
tus pulmones se van fumando cigarrillos mentolados de la marca benson & hedges.
Al fin llegas a tu casa y aún conservas, por milagro, tus ojos. Sin embargo enciendes la tele y se embullen en una lucha interminable acerca de quién será el padre del hijo de la gaviota.
Dan las once de la noche, y tu cerebro, único resquicio de lo que algún momento fuiste, decide que es hora de ir a dormir. Para lograrlo se sacrifica así mismo tomando una pastilla de Dalay.
Y tu alma, que es lo único que nadie nunca te podrá quitar, se duerme tranquilamente esperando paciente a que el día de mañana tu cuerpo entero se regenere una vez más para poder dejarlo a trozos por toda la ciudad.
Por: Juan Ulises Gazapo Juárez.
martes, 31 de marzo de 2009
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